Mostrando entradas con la etiqueta Pensamientos Varios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pensamientos Varios. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de marzo de 2012

La soledad del corredor de fondo



Cuando salgo a correr, a veces imagino que llevo sobre los hombros todo el peso del cielo, de las nubes. Que puedo caminar hacia el horizonte, y que, como buen corredor, debo marcarme cada vez una meta más lejana, y qué mejor que ponerse el inalcanzable horizonte como objetivo final, como destino único de todas mis carreras. Nunca llegaré a la meta, jamás conseguiré ganar a la noche y llegar antes que la oscuridad a la puesta del sol, pero no es lo importante, lo único relevante es que otro día más habré disfrutado corriendo.

En otras ocasiones, intento no escuchar el latido de mi corazón y dejar que sea el ritmo de mis pasos los que marquen mi vida en ese momento. Es como si entonces la parte más importante de mi cuerpo fueran mis piernas, las que me llevan de un lado a otro en forma de pequeños pasos. Corriendo se aprende a superar los obstáculos de la vida, porque quien pretenda superarlos de golpe (o dicho de otra forma, quien se hunde y considera imposible resolver sus problemas de golpe, quien quiere llegar a la meta al instante) está condenado a fracasar. Como también lo está quien todo lo mide según criterios de éxito o fracaso, dicho sea de paso. Lo importante es moverse, intentarlo, levantarse una y otra vez, dar otro paso más en compañía del último sol. O quizá todos los corredores tenemos en común que no sabemos si corremos porque nos persigue nuestro yo de ayer, nuestra versión antigua de hace unos días que salió a correr por el mismo lugar a la misma hora, o si quizá estamos persiguiendo a nuestro yo futuro que volverá a realizar otra vez la misma carrera mañana y pasado. Lo mejor de todo es que en realidad nada de eso importa, sólo importa dar un paso tras otro, sentir todas tus versiones en una especie de maratón psicológica, acompañándote junto al mar.

Foto cortesía de @xavidiazg (Instagram)


Corro contra mí, y a la vez conmigo mismo.

Cuando uno corre, es muy importante seguir el ritmo de la respiración, muchísimo más que el movimiento de las piernas en sí. En mis largas carreras junto al mar, rodeado de familias paseando, ciclistas, palmeras agitándose, en definitiva, multitud de actores que intentan distraerme, a veces me resulta complicado no escucharles ni verles, y no dejar que alteren el ritmo de mi respiración. Es por eso que correr te ayuda a mantener la concentración, a no dejar que las cosas que no son importantes en la vida te distraigan de tu camino, a marcarte una meta y jamás renunciar a ella.

El momento final es quizá el mejor, cuando acabas exhausto, cuando la respiración -especialmente los duros días de invierno- te marca tu límite físico, cuando el aire recorre tus pulmones y tú ya no respiras, y sientes cierto tipo de dolor físico, de intenso cansancio, y notas cómo tu cuerpo habla y te pide parar. 

Y es precisamente en esos momentos cuando me siento más vivo que nunca. Porque ser consciente de tus propios límites te ayuda a identificarte como ser humano.

viernes, 13 de enero de 2012

Room by the sea



Room by the sea (Edward Hopper)

Para mí,
eres una referencia,
una estrella secreta,
el señalador de un libro antiguo,
el eco de un grito ahogado
rasgando la niebla
en un bosque lejano,
el sonido
de un violín agotado
en un callejón húmedo
y sin nombre
por el que ya nadie pasea.

Qué nos queda entonces, 
viejo amigo,
sino alejarnos más aún
el uno del otro,
cumpliendo un pacto
que nadie se atreve a nombrar,
contar las huellas que nos separan
difuminándose en la arena
hasta que te pierdas en el horizonte
sepultado bajo una miríada
de nubes sangrientas,
y yo entonces coleccione
todos los silencios posibles,
muchos recuerdos enquistados,
y miles de hendiduras 
en el tronco de un árbol
de las que siempre brotará
una savia agridulce.

Recuerda
cuando hicimos enorme
un momento del pasado
que en realidad fue nimio,
ahí es cuando empezó el final.

Y ya no nos queda
sino sentarnos los tres solos,
juntos,
hablando al unísono,
y sin apenas mirarnos:
tú, 
yo 
y ese extraño vacío compartido
entre los dos,
ese secreto brindis
desangelado como pocos,
esa sonrisa sin ganas
conquistada a base de esfuerzo,
ese espejo tan caro, 
y tan roto
al que nos empeñamos
desde hace siglos
en catalogarlo,
en vano,
como una vieja amistad.




Take On Me (A-Ha)


Animal Instinct (The Cranberries)

martes, 13 de diciembre de 2011

A new Gorezje




Vigilo la noche, sentado en mi trono, sobre la cima de una montaña de la que nunca me llego a caer.

Atento como siempre lo estoy a todo, esta noche no iba a ser menos.

Si pudieras ver lo que yo estoy observando... Seguro que te imaginas que miro algo interesante, cautivador, sugerente, incluso seductor... 

Pero no es así... porque lo que yo vigilo es precisamente lo más difícil de vigilar: la quietud. La rutina. La repetición. Busco con mi mirada el cambio, espero con ansiedad la diferencia. 

No sé qué haré cuando llegue, cuando aparezca ese cambio. Pero lo que sí sé es que lo que entonces haga no será lo más importante. Lo importante es precisamente lo que sucede ahora. 

Podría decirse que estoy acechando, agazapado. Parapetándome tras los frondosos bosques de mi pasado. Vigilando una presa sobre la que nunca saltaré ni por supuesto devoraré.

Ante mí desfilan cientos, miles de personas, caminando en todas direcciones. Pero yo sólo veo una, cuyo perfil se desdibuja, se derrite, se desintegra poco a poco.

El amor es una entrega serena, una rendición constante. Es curioso: el amor, lo que más nos llena, consiste en cierto modo, en olvidarse de uno mismo. Precisamente. Entendiendo "precisamente" como su significado original: de manera precisa.

Porque para enamorarse, me atrevería a decir, que lo único que hay que hacer es ser naturalmente preciso.

A veces, ni yo mismo sé lo que quiero decir cuando hablo.
Porque a veces, ni yo mismo sé si contemplo una estatua o es mi propio reflejo.

La soledad comienza siendo un proceso interno, que va creciendo, desarrollándose. Llegado un momento, no sabes exactamente cuándo ni cómo, la soledad se cansa de ti, escapa de tu cuerpo y se sitúa enfrente tuyo, y entonces te mira fijamente. 

Y es en ese momento, cuando surge una paradoja bellísima: es tu propia soledad la que te hace compañía...

Y justo en ese punto me encuentro yo ahora. Contemplando mi propia soledad, de manera imperturbable, atento a su reacción. No verás amenaza en mis ojos, ni el miedo reflejándose en ellos. Como mucho, atisbarás la asunción de mi propio destino. De ahí mi serenidad: sé lo que me espera, tengo la total certeza de lo que va a pasar. Lo sé con todo lujo de detalles. Precisamente.

No le tengo miedo a la soledad, por una sencilla razón: porque no me tengo miedo a mí mismo.

Nadie mejor que uno mismo para ser su propio guardián.

O, dicho de otra manera si así lo prefieres... nadie mejor que uno mismo para vigilar su último y definitivo sueño.

Porque quizá eso sea lo mejor que explique mi mirada, que estoy soñando con los ojos abiertos. Cuando te miro, estoy atento a mí mismo. Estoy dormido, contemplando mi subconsciente. Nunca nos vemos tan de cerca como cuando soñamos o cuando nos enamoramos. Y al igual que cuando nos acercamos un objeto demasiado cerca a los ojos, no lo podemos ver  bien, no nos podemos ver bien. 

Estoy solo, asomado a un precipio, el de los sueños, por el que me caeré durante miles de kilómetros, y justamente un segundo antes de despertarme, mi cuerpo se estrellará tras la caída... ¿adivinas contra qué?

¿Contra un muro de piedra vetusta? ¿Contra los confines del cielo o de la tierra? ¿Contra la noche, la negrura o la oscuridad?

No.... 

Contra mí mismo. 

Una vez más.

domingo, 27 de marzo de 2011

Fotos

¿Por qué todo el mundo está tan pendiente de hacer fotos y grabar vídeos? Queremos capturar el momento en el que vivimos para poder evocarlo más tarde, para poder recordar las mismas sensaciones una y otra vez. Pero si estamos pendientes de enfocar la cámara o el móvil, pocas sensaciones podemos tener. Cuando asistimos a algo especial, lo principal debería ser la situación, no cómo capturarla. 

Antes se valoraban más los álbumes de fotos. No se hacían fotos tan frecuentemente como ahora, ni se podían hacer con la misma facilidad. Las fotos tenían algo especial. Recuerdo que de pequeño me sentía ridículo cuando me hacían una foto. Era una situación artificial, porque me obligaban a hacer dos cosas: quedarte quieto y sonreír. Uno no se queda quieto como una estatua en su vida cotidiana, no nos paralizamos cuando vamos del comedor al baño, ni tampoco mantenemos congelada la sonrisa sin motivo en medio de la calle. Además, ¿por qué fingir que somos felices en cada foto? Si realmente lo que queremos es capturar la vida o un instante de ella, si tan realistas somos, ¿por qué no capturar la tristeza, la soledad, la imperfección, el aburrimiento? 

La cámara fotográfica perfecta debería ser aquella que capta un momento al azar, inesperadamente, sin preparaciones, ni filtros que embellezcan. Odio las fotos teatrales, los efectos exagerados para amoldar la realidad a nuestro gusto. Odio los encuadres perfectos, las líneas rectas, las simetrías. Son hermosamente frías, aburridas.

¿Por qué es mejor encuadrar bien? ¿Porque se captan más cosas? ¿Porque podré evocar más recuerdos? ¿Acaso nuestros ojos encuadran bien a cada instante? Más bien al contrario.

La cámara fotográfica perfecta debería ser capaz de almacenar el frío que sentíamos cuando hicimos determinada foto, o lo que pasaba por mi mente cuando apreté el botón de disparo. La cámara fotográfica perfecta debería hacer fotos de nuestra vida sin que nos diéramos cuenta. Debería ser una especie de detective privado que, en nuestra vejez, nos visitara, ataviado con una gabardina, y nos diera un sobre con no más de cien fotos de instantes aleatorios de nuestra vida. Seguro que esas fotos tendrían muchísimo más valor que las que tomamos conscientemente, porque no están preparadas, porque no sabemos nada de ellas.

Y toda esa gente -entre los que me incluyo- ¿realmente más tarde mira a menudo las fotos? Les debe faltar tiempo, si tantas fotos hacen. Es una especie de Diógenes de la imagen: lo importante es almacenar fotos, cuantas más mejor, da igual la utilidad que tengan. Hagamos una foto porque hay que hacerla, porque todo el mundo la hace, porque quiero que todos vean lo feliz que soy, porque quiero recordar esta misma alegría hueca dentro de un tiempo.

¿Y qué si no recordamos con todo detalle las cosas? Aunque ahora que lo pienso, ¿qué es este blog sino una foto hecha con letras? Pues nada, se acabó la foto. ¡Fuera quietud, fuera sonrisa! Posa como quieras, o mejor no poses. Pasa de largo, y recuérdame o no.

martes, 1 de marzo de 2011

Las Tres Gracias

Pasa el tiempo y uno siente que lo mejor de sí mismo cuando era adolescente todavía lo conserva, exactamente igual, pero sepultado por capas y capas de experiencias que no han hecho sino que nos reafirmemos... 

Y lo peor de sí mismo todavía está ahí, y no sólo eso, sino que coincide precisamente con lo mejor, y esa coincidencia a veces nos produce un terror paralizante, que curiosamente a su vez es similar a un miedo infantil... pero otras veces da una increíble seguridad, que apacigua y reconforta... es como mirar al mar, a veces te asusta, a veces te calma...

El mar... siempre el mar... ¿Por qué? Porque en días como éste y en noches como aquella, uno quisiera sumergirse, ser sepultado por el agua, y que una sirena de largos cabellos le abrazara, y suplicarle con la mirada: "Llévame contigo hasta lo más hondo, lejos de la superficie, donde nadie me pueda alcanzar... dame sólo tu abrazo, que el agua invada mis entrañas y me impida respirar, y que no sepas si aprieto con mis dedos tu espalda porque te quiero, porque te suplico la vida, o porque me estoy ahogando y entonces me invade la muerte".

Y cuando uno alcanza ese fondo marino, duerme eternamente abrazado a ella... en ese tipo de abrazo, tan necesario, que se produce cuando alguien que te ve te está mirando a ti directamente, no a una imagen de otra persona proyectada en ti, ni -peor aún- a una imagen de sí  mismo proyectada en ti, ni -¡más terrible aún!- a un complemento de sí mismo, una fría y mecánica pieza (externa) necesaria para sentirse mejor (internamente). 

Escribo estas líneas junto a un espejo. De vez en cuando me miro en él,  y contemplo mi mirada, fría e inquisidora. Enfrente mío está el papel, que es otra suerte de espejo, y detrás mío, mi propia sombra, el antiespejo. Somos cuatro: mi reflejo, mi espíritu, mi sombra, yo.... los tres primeros alrededor mío... y pese a ser cuatro, la imagen mental que tengo de esta escena, la pintura que sin pedirla ni invocarla ha venido a mi mente, colándose rapidísimamente, es la de las Tres Gracias que aparecen danzando en "La Primavera", de Botticelli...


Las Tres Gracias…en perfecto círculo, en equilibrado contraste... una pareja de manos alzada por encima de sus cabezas, como brindando con un néctar invisible…otra pareja de manos bajada tras sus espaldas, como apartando o desechando el pasado... y una tercera entre las dos, balanceando las posiciones… miradas elevadas, miradas tensas, miradas perdidas... ¿celebran algo o se protegen de algún peligro? ¿Danzan alegres  o se pelean furiosas? 

Servidoras de Venus, las Tres Gracias, dedicadas a una graciosa danza, están representadas como tres jóvenes casi desnudas y luciendo peinados elaborados diversos. El cabello suelto sólo podían llevarlo las jóvenes solteras. Se las ha llamado Gracias porque de esa forma, danzando en corro, se las representó en el arte grecorromano. Como otros de los personajes del cuadro, las Gracias parecen ser retratos de personas existentes en la época y conocidas del pintor: por ejemplo, la Gracia de la derecha es Caterina Sforza, que Botticelli retrató como Santa Catalina de Alejandría (siempre de perfil) en el cuadro conservado en el Museo Lindenau de Altenburg (Alemania). La del medio debe ser Semiramide Appiani, mujer de Lorenzo il Popolano, el cual a su vez estaría representado como Mercurio, hacia el que mira Semiramide. La de la izquierda sería Simonetta Vespucci, prototipo de belleza botticelliana.

La hipótesis más acreditada referente a las tres jóvenes que bailan es que la de la izquierda, de cabellos rebeldes, es la Voluptuosidad (Voluptas), la central, de mirada melancólica y de actitud introvertida, es la Castidad (Castitas), y la de la derecha, con un collar que sostiene un elegante y precioso colgante, y un velo sutil que le cubre los cabellos, es la Belleza (Pulchritudo).

Pero ellas eran tres, y aquí somos cuatro... ¿quién sobra, pues? ¿Sobra el reflejo de uno mismo, nuestra proyección, la imagen que los demás tienen de uno? ¿Sobra el espíritu, el arma más valiosa, el verdadero ser, que curiosamente siempre acaba uno encontrándolo jugando fuera de uno mismo? ¿Sobra la sombra, el extraño motor de la vida, esa parte oscura de la que uno huye sin parar, y que sin embargo muchas veces nos hace reaccionar y no nos deja consumirnos? ¿Sobra uno mismo? A lo mejor hay un cuarto personaje en medio del corro, invisible, y ese cuarto elemento es precisamente uno mismo... ¿Bailan alrededor de uno o le encierran en el círculo? ¿Le atacan o le están protegiendo? ¿Estrechan el círculo o lo amplían? 

Sigo leyendo acerca del cuadro...

En los siglos XVII y XVIII se le llamó "El jardín de las Hespérides", creyendo que se representaba dicho lugar, con la manzana de oro, y pudiendo ser las tres jóvenes que bailan las hijas del gigante Atlas, que vigila el jardín... Otras interpretaciones identifican la figura de la ropa florida como Florentia, nombre clásico de la ciudad de Florencia. En este caso, también las otras figuras serían ciudades ligadas de forma diversa a Florencia, como Milán (Mercurio),  Roma (Cupido), Pisa, Nápoles y Génova (las tres Gracias), Venecia y Bolzano (Cloris y Céfiro/Bóreas)... Si por lo tanto Florencia fuera realmente Venus, el personaje de la ropa floreada sería entonces Mayo y representaría a Mantua.

Miro sus manos, la grácil forma de sus brazos, la silueta de las tres figuras entrelazadas... Trazo una línea con mi dedo, recorriendo esas manos y esos brazos unidos unos con otros... Pisa, Nápoles y Génova... vuelvo a recorrer esa forma sin inicio ni final una y otra vez... Voluptas, Castitas y Pulchritudo... esa silueta me resulta familiar... Caterina, Semiramide y Simonetta… esa forma es una letra.... contemplo el resto de la pintura... miro los brazos de las otras figuras...sus expresivos movimientos... sus misteriosas posiciones.... cierro los ojos y visualizo en mi mente sólo las partes de sus cuerpos que se mueven... y entonces empiezo a entender el mensaje....


Skyros.... Esciros... isla griega... una de las Espóradas... donde se halla uno de los diecinueve montes llamados Olimpo que hay repartidos por toda Grecia...

Según la mitología, Skyros fue el refugio de Aquiles, héroe de Troya, cuya madre, Tetis, lo escondió allí vestido de mujer entre las hijas del rey Licomedes, para evitar su marcha a Troya. Se dice también que en este lugar murió el rey de Atenas, Teseo. Skyros en su mitad se convierte en un estrecho istmo que divide la isla en dos, la norte, más poblada y frondosa, y la sur, montañosa y árida. Destaca por la arquitectura tradicional, su rica tradición folklórica y la gran alternancia de paisajes, de grandes playas arenosas, rocas escarpadas, calas pintorescas, cuevas marinas con aguas cristalinas, una naturaleza exuberante y localidades históricas.

Quizá todos somos como Skyros, mitad alegres, mitad tristes… Siempre rodeados por los brazos del mar… Y sobre la arena bailan las Tres Gracias entrelazadas, más una cuarta figura invisible, pero tan real como las demás... quizá el cuarto es uno mismo escapándose del abrazo de esa sirena que nos ayuda a morir para estar vivos, y nos empuja en el último momento hacia la superficie, para aparecer desnudo junto a las costas de Skyros…

El miedo a veces nos asusta simplemente por su posibilidad, o por tendencia, no porque suceda algo real. Es en esos casos cuando se actúa con una fuerza especial, por prevención, para que algo imaginado no suceda, porque está en nuestras manos evitarlo. Es necesario compensar la siempre vaga y lejana idea de la muerte con el nunca suficientemente valorado hecho de estar vivos. Y es la incertidumbre y la confusión quienes precisamente aportan, al menos inicialmente, más claridad, más firmeza en la acción, el valor de respirar una y otra vez automáticamente, durante siglos si es preciso. 

El miedo es un espejo, un espíritu y una sombra, todo a la vez, que nos envuelve en su narcótico baile y nos transporta a una lejana isla perdida, de la que únicamente podremos escapar con la ayuda de una misteriosa sirena... 


miércoles, 23 de febrero de 2011

Oscuridad


Una mañana despertarás con una extraña sensación. 

Descubrirás que tu cama se mueve, se balancea ligeramente. Al principio te marearás, te sentirás desorientado. Abrirás los ojos para descubrir la oscuridad. No te asustará, por supuesto. No sólo estarás desde hace siglos acostumbrado a ella, sino que a ti te gustará, te reconfortará, porque de la oscuridad nace todo. La oscuridad no es un sumidero, porque la oscuridad representa cualquier cosa. La luz ciega, hace daño, mientras que la oscuridad te envuelve... pero sólo si ella quiere, tú no mandas sobre ella, es ella la que decide. Y si ella te rodea, nunca lo hace de manera agresiva, siempre lo hace seduciendo sutilmente. La luz dibuja contornos, formas, colores. Su discurso es claro y objetivo, es lo que es, no hay más. La oscuridad es ambigua, llena de interpretaciones, de sabores, de recuerdos. Los que tú quieras.

La luz es el cuadro. La oscuridad es el lienzo.

No podemos cambiar lo que vemos, pero sí que podemos cambiar lo que todavía no vemos. O al menos intentarlo. A veces pienso que la palabra intento debería ser, en determinados contextos, sinónimo de imaginación. O de ilusión. O de amor.

La oscuridad es una niebla con personalidad propia. Y tú entonces serás como el ciego, que se siente seguro en la oscuridad, porque se acostumbrará a ella, porque no le quedará más remedio, y hasta le sacará partido. Aunque en tu caso no será por obligación, sino por una mezcla de juego y consentimiento. Ya me contarás otro día qué pacto hiciste con (o contra) la oscuridad.

Entonces, todavía tumbado en tu extraña cama, extenderás la mano hacia ella, hacia la oscuridad. Te gustaría acariciarla despacio, pero no lo conseguirás. Porque en cuanto muevas tu mano hacia el techo, chocará contra algo extraño, frío y duro, que en principio no reconocerás. Lo palparás, tendrá el rotundo tacto de la madera, sonará como la madera, olerá a madera. Pensarás que estás encerrado en una especie de ataúd, empujarás asustado la tapa con fuerza y algo de rabia (tú y tu inconformismo), verás que te cuesta abrirla, pero notarás que poco a poco cede lentamente, y que cuando lo logres, de repente un poderoso rayo de luz te cegará...

Porque no estarás en un ataúd, ni habrá tapa alguna que levantar. Será un armario. Estarás en el mismo armario en el que se guardan todos los recuerdos de tu infancia. Un armario que estará flotando abandonado sobre el mar. Fue el balanceo de las olas tu despertador. Y será la puerta del armario la que habrás abierto golpeando al mar con un sonoro chapoteo, muy parecido al de una bofetada. 

Sí, tú flotarás en tu armario sobre el mar. Flotarás como tu mano. Porque será tu mano la que flote, no la mía. Apoyado en el armario, la dejarás caer sobre el mar, pero no toda ella, sólo los dedos. Las olas subirán y bajaran muy levemente durante horas, el mar estará calmadísimo, te lo garantizo, y apenas notarás las variaciones del nivel del agua en tus dedos, pero ahí estarán, créeme. 

Y eso a ti siempre te ha gustado, estoy seguro.

Entonces mirarás al horizonte, cerrarás los ojos para recuperar la oscuridad y te dejarás llevar, navegando en tu armario sobre el infinito. 

Y sin saber por qué, serás feliz cuando llegue la noche. Porque los colores previos del ocaso son majestuosos, soberbios, continuamente dicen "estoy aquí". Pero luego llegará la noche, y la luna se burlará de los colores del día. Porque lo que prometía ser eterno desaparecerá en un instante. Y porque, ¿acaso no tendrá más valor una pequeña fuente de luz en medio de la negrura, que otra inmensa gobernando los cielos durante el día? Verás. Verás como en unos minutos la sangre del ocaso, que juró quedarse para siempre sobre el cielo, se habrá esfumado. Porque habrá llegado ella: la noche, la oscuridad, la negrura. La verdadera Emperatriz del cielo. 

De ese cielo que tanto amas. 

De ese mismo cielo... que yo también amo.

Lo reconozco.



lunes, 7 de febrero de 2011

Delirio


No me gusta viajar porque me da miedo que todo lo que conozco haya desaparecido al volver. La solución sería viajar eternamente, no volver nunca (o quizá sería precisamente un eterno retorno), pero yo ya tengo raíces echadas, la mayoría de ellas sin querer, y como animal racional-pasional que soy, no puedo deshacerme de las raíces aunque quiera. Soy muchas cosas, pero no un árbol andante.

Prefiero descubrir los detalles de lo que tengo cerca. Siempre hay otro detalle nuevo, a veces la rutina -palabra denostadísima y prostituida hasta la saciedad- es esa flor que sostiene el enamorado, deshojándola para saber si su amada le quiere o no le quiere, solo que con la rutina pasa que hay infinitos pétalos y nunca sabes la respuesta, y eso no sé si es bueno, pero a veces es entretenido no tener la certeza de algo. Ése es justo el problema, que la gente confunde "rutina" con "certeza".

Mucha gente que viaja no conoce lo más próximo, es más, muchos presuntos viajeros ni siquiera se conocen a sí mismos. Y al fin y al cabo el alma es algo de lo que no nos podemos alejar, por mucho que viajemos. No obstante, viajar te da una valiosísima visión general de las cosas, eso es cierto, aunque mi método es más bien ir de lo particular a lo general (aún estoy en la primera fase), mientras que otros optan por ir de lo general a lo particular (¡ya verán la que les espera, ya!).

Cuenta la leyenda (mentira, lo cuento yo, pero queda más prosaico) que existe un palacio de alabastro construido en la cima de una montaña en algún lugar del mundo. Está situado en una isla en medio del Océano, en algún lugar entre el archipiélago europeo-asiático-africano y esa enorme isla llamada América. O no. El caso es que sólo puede ser visitado en sueños, pues únicamente puede entrarse en dicho palacio cuando uno no desea hacerlo, cuando se le ha olvidado cómo llegar, y de sobra es sabido que olvidar -como amar- es algo totalmente involuntario. Por algo será.

Una vez llegas allí, te recibe la Guardiana. Es una mujer anciana que te abre cada una de las estancias del palacio si lo deseas, o al menos eso creo, porque nunca le he dicho que lo haga. Lo sé porque de su cintura cuelga un llavero que tintinea rítmicamente a cada paso que da, y ésa es otra cosa que no entiendo, porque cuando ella camina, no se mueven sus piernas. Su falda es tan larga que no se le ven los pies, y sin embargo nunca he visto que se la pise. Ella se limita a deslizarse, pero qué más da eso ahora...

El caso es que en el palacio hay una torre, y desde la cima de la torre pueden verse a la vez todos los amaneceres y atardeceres que quieras. De pequeño, cuando iba allí, miraba ansioso al horizonte y luego corría al otro extremo de la torre para asomarme al otro lado, porque pensaba que cuando el sol se escondía, aparecía al instante por el otro lado del mundo. Sí, yo era de esos niños que ninguneaba la luna, quizá por eso ahora la venero, aunque ella siempre haga como si le diera igual, y por eso me gusta tanto. Al Sol hay que serle fiel, a la Luna hay que amarla. Es diferente.

Cuentra otra leyenda (lo sé, no he acabado la primera, pero ya veréis, de momento dejadme hablar), que en una calle de París, en algún lugar entre las calles Anatole France y Voltaire, vive el Mensajero. Tú hablas con él, o le miras, o le escuchas, y parece una persona normal, con sus ojos y sus deseos y sus heridas, pero no lo es. Porque el Mensajero tiene varios relojes de arena internos a los que da vueltas aunque nunca acaben de vaciarse, porque de vez en cuando le sorprendo en ese gesto tan felino de revolverse y morderte en mitad de una caricia, porque es elegante hablando hasta el punto de aturdir (elegante en el sentido de tener estilo propio y muy bien definido), pero sobre todo porque, sabedor de su bagaje, a él, en cierto modo, no le hace falta viajar. Le pasa como a mí.

Coincidimos hace poco -nada- en una velada en el palacio. Me sorprendió verle en la azotea de la torre.

"¿Qué haces aquí?", le pregunté.

"Nada, o esperarte. Es lo mismo", dijo.

La Guardiana, que me había conducido hasta la azotea, agachó entonces la cabeza y comprendió que queríamos estar solos. Se limitó a desplazarse (emplear la palabra "andar" sería abusar del verbo) hacia una mesa cercana y verter en dos vasos -que ni siquiera llegamos a tocar- el contenido de un frasco de cristal. Dejo en vuestra mente adivinar quién cogió qué vaso.



"Deseo tanto que llueva", me dijo el Mensajero. "Tanto..."

Le iba a preguntar por qué, pero me pareció tan absurdo, que me limité a mirar donde él miraba, cosa que todos hacemos a menudo, no sé muy bien por qué. Cuando alguien está triste, miramos donde él mira, quizá para comprenderle y compartir su dolor, pero en realidad deberíamos mirarle fijamente, penetrarle con la mirada, hacer que arda su dolor por dentro, como esos intensos rayos de luz que, dirigidos durante un tiempo hacia el mismo punto, provocan, a base de ser plastas y pesados, esa clase de llama que todo lo revoluciona sin el menor rastro de piedad. Así pues, me equivoqué y no le miré a él sino al horizonte, donde justo en ese instante el Sol desaparecía, como cada día, como cada noche.

Entonces pensé que de niño, en esa situación, me habría dado la vuelta al instante y habría corrido en busca del otro Sol. Pero ya no era un niño, y además....

Y además, me di cuenta que aquel había sido el final del último día de la Historia de la Humanidad.



Pierde la vida
su manto azabache
sobre tu alma



miércoles, 10 de noviembre de 2010

Sobre viajes y fracasos


El silencio es la única palabra común a todos los idiomas




Primero sentimos. 

Luego pensamos cómo expresar lo que sentimos. Y en el camino de la expresión, nos dejamos muchas cosas. Quizá nos distraigamos en ese extraño viaje mental, del mismo modo que un niño mira curiosamente por la ventana de un coche cada objeto que desfila ante él, o como el viajero que está sentado en un tren y deja la mirada perdida mientras el paisaje le cuenta una historia que no escucha. ¿Son las vías del tren los renglones de un misterioso libro narrado por el paisaje? 

En definitiva, primero sentimos, luego pensamos... Y después de pensar, expresamos. Y también al expresar nos dejamos algunos detalles por el camino, los malgastamos, los transformamos en gestos o miradas o tonos de voz. Y la mayor parte de estos sucedáneos de palabras, aunque aportan información, también añaden ruido que despista al mensaje, lo distrae, lo transforma, lo corrompe.

Toda comunicación está condenada al fracaso desde su inicio. La prueba está en este mismo artículo: no tiene absolutamente nada que ver lo que quería decir inicialmente con lo que realmente he acabado diciendo.

Y sin embargo, de alguna forma, funciona. O no.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Caja ¿tonta?

Si la televisión es entretenimiento, a mí no me entretiene.


Si intento ver alguna película, está llena de anuncios, acabo asqueado, cabreado y cambio de cadena. Si no tiene anuncios, se me hace excesivamente larga, por mucho que me guste. No puedo beber algo, ni ir al baño, tendría que proveerme de comida y bebida y sentarme en el WC para verla...

Si veo algún informativo, o bien está lleno de sanguinarios sucesos que siempre llaman la atención pero acaban inmunizando contra el horror, o bien son demasiado tendenciosos. En este caso, si opinan como yo, me tratan como un imbécil porque me dicen lo que quiero oir, y eso me molesta. Y si no opinan como yo, me tratan también como un imbécil por ser distinto a ellos.

Si veo algún debate político o de actualidad, veo gente interesada únicamente en defender su postura y quedar bien delante de la audiencia. Son yonquis del aplauso, no hay cosa que más me moleste que estar viendo un debate y que cada tres frases algún estúpido regidor obligue al público a aplaudir cuando alguien dice algo acorde a la política de la cadena. Me fijo más en la gente moderada, que no grita ni interrumpe y que seguramente no vuelva la próxima semana porque no da espectáculo. Con esos programas sólo se consigue crear gente no fiel, sino obsesionada con sus ideas y que, independientemente de si tienen razón, no comparten las diferencias. Siempre hay que dejar la puerta abierta a si nos equivocamos, y lo dice alguien tremendamente cabezón.

Si veo algún documental de animales (me encantan), me entretengo, sí... pero a veces parecen películas, donde dotan al animal en cuestión de sentimientos que no tiene, o donde se fuerzan las situaciones para que parezca interesante. Pero bueno, siempre me quedo a verlos. 

Si veo corazón, acabo por no enterarme de nada. Me pierdo en los árboles genealógicos, aunque luego todos estén relacionados con todos de alguna forma. Me asquea también cómo hunden a la gente para luego ensalzarla y acto seguido volverla a hundir, todo porque la audiencia busca el conflicto. Aún así, me gustan las discusiones absurdas, creo que aportan buen humor si se saben ver desde la distancia.

Si veo telerrealidad, me engancho, lo reconozco. Me gusta ver cómo se comporta la gente, aunque echo de menos lo que haría un grupo de gente real: hablar de diversos temas. Sólo hablan de sí mismos, de sus relaciones con el resto de concursantes. Nadie expone sus puntos de vista sobre algún tema social o político (y cuando lo hacen, cortan). Reconozco que me gusta ver cómo discuten, me hace gracia que se enfaden por motivos absurdos, me hace pensar en lo simples que somos todos en el fondo. Yo desde luego no serviría para entrar en un programa así.

Tampoco me gusta la gente que critica la telebasura. Me considero consumidor habitual de la misma (qué remedio...), aunque en grandes dosis me agota. Si estoy cansado o me apetece desconectar, no hay nada como un programa absurdo cargado de discusiones o superficialidad. Hay tiempo para leer, ver buen cine o escuchar música, por tanto debe haber tiempo también para lo contrario. Yo creo que el ser humano tiene una parte absurda que, por qué no, hay que cultivarla un poco aunque sea para desintoxicarse.

Lo malo es que antes en la tv estaba más o menos equilibrado, pero ahora no. En fin, cada vez más canales en la TDT que sólo sirve para gastar más tiempo haciendo zapping... Es un complot de los fabricantes de pilas, para que gastemos el mando...

viernes, 30 de julio de 2010

Mind Pump


Cuando uno ve una foto suya (es decir, en la que aparece, no tomada por él), inmediatamente trata de recordar -sin darse cuenta- qué pasó instantes antes de que la foto fuera tomada. Necesitamos de alguna forma contextualizarla, añadirle significado, crear una breve historia alrededor. 

El parecido entre la historia que evocamos en nuestra mente y lo que realmente sucedió podrá ser más o menos elevado, pero no es lo importante. De hecho aunque los recuerdos sean falsos, aparecerán en nuestra mente como ciertos. 

Se hizo un experimento hace años acerca de esto mismo. A una serie de personas, que se presentaron voluntariamente para el experimento, se les pidieron fotos de su infancia temprana, de una época en la que tenían muy pocos años de edad, de manera que todo lo que sabían sobre lo que aparecía en las fotos se lo había contado sus familiares, y al cabo de unos meses (para que olvidaran los detalles de las fotos), se les citó para que describieran las fotos, mientras las veían delante de un grupo de psicólogos. Lo que ellos no sabían es que algunas de las fotos habían sido manipuladas (el escenario era otro, alguna persona que antes aparecía ya no estaba -o al revés-, o algún detalle había sido cambiado deliberadamente), y curiosamente las personas del experimento, al describir las fotos falsas creaban recuerdos inventados de manera asombrosamente rápida y elaborada, justificando involuntariamente las diferencias, haciendo coherente el contenido de la foto de acuerdo a su lógica mental y a sus recuerdos. Incluso cuando se les preguntaba: "¿qué hacía contigo aquel día este familiar tuyo que aquí aparece?" (y que en realidad nunca estuvo allí), las personas respondían mayoritariamente, sin titubear, con una historia bastante compleja que habían desarrollado en apenas unos breves segundos, conectando recuerdos verdaderos para crear otro falso. Tan sólo unos pocos, muy pocos, detectaron la manipulación de las fotos, y además lo hicieron enseguida. Es decir, o te das cuenta de una mentira "gráfica" enseguida, o la intentas asimilar al instante y la justificas y entonces pasa a ser cierta. Por supuesto al final del experimento se les dijo qué cosas habían sido manipuladas :-)

¿Hasta qué punto todo lo que recordamos es real y pasó de verdad? ¿Y hasta qué punto necesitamos hacer real lo que recordamos, especialmente cuando vemos una foto?

Incluso cuando contemplamos una foto en la que no aparecemos, o nada de lo que aparece tiene relación con nosotros y por tanto no podemos interiorizarla ni evocar ningún recuerdo personal, intentamos imaginarnos una breve historia. Recuerdo una vez, en una tienda de antigüedades, que había un montón de fotos antiguas abandonadas en una caja. No se sabe a quién pertenecían. Estaban todas en blanco y negro, e iban acompañadas de unas cartas. Habían pertenecido a un funcionario de correos, que guardaba algunas de las cartas que nadie quería o que eran devueltas, por haber escrito mal la dirección, por algún cambio de domicilio o cualquier otro motivo. Eran cartas, fotos, postales, que nunca llegaron a su destino, hace más de 50 años, y era curioso contemplar las fotos (no me dio tiempo a leer ninguna carta, aunque sí que recuerdo el papel quebradizo y amarillento, la letra historiada en ocasiones, ininteligible en otras, y el aroma a papel viejo y gastado). Eran fotos de comuniones, celebraciones, reuniones familiares, bodas, o simplemente gente pasando el rato. Era curioso ver a todas esas personas a las que faltaba el color y la realidad, mirándome frente a frente, serias o sonriendo, y de alguna forma solicitando que les diera valor, validez, que creara una historia para ellos, historia que no creó la persona a la que iban destinadas, que nunca las vió ni las verá. Eran momentos inmortalizados para nada, y que de alguna forma no sólo habían quedado atrapados en el tiempo, sino también en la imaginación.



De los tres medios que mayoritariamente empleamos para "entretenernos", es decir: leer, ver imágenes y ver películas, obviamente es la lectura la que más nos ayuda a desarrollar la imaginación. Por muy detallada que sea la descripción de un personaje, siempre le añadimos nuestras vivencias, nuestras experiencias y recuerdos en forma de imagen, de manera que hay tantos Quijotes, Aurelios Buendía, o Hamlets como personas lo han leído. Cuando vemos una foto, la imaginación sufre cierto revés. La literatura no alcanza a describirlo todo, de manera que si leemos en un libro la descripción de una mujer pero no nos comentan nada sobre el color de su vestido, cogeremos el que más cómodo nos resulte, o uno cualquiera. En una foto no: el color de su vestido está claro (o al menos su tonalidad, si es en blanco y negro). Nos falta imaginarnos su voz, su manera de andar, de moverse, de gesticular.... detalles que aparecen en una película. Quizá por eso las películas -algunas- sean de fácil y mayoritario consumo hoy en día: son las que menos estimulan la imaginación (¡al menos aparentemente!). La literatura nos permite describir los sentimientos de una manera muchísimo más detallada e interior, cosa que en el cine puede expresarse con una mirada o un gesto, sin que nos digan los personajes "estoy triste, estoy alegre". 200 páginas se pueden resumir en un fotograma, sin que por ello un medio sea superior a otro.

De todas formas, ¿es realmente útil "muscular" la imaginación? ¿Sirve realmente para algo?

Hagamos la prueba:

Una mujer decide prepararse un baño en su casa. Abre los grifos de la bañera, y al salir del baño se detiene unos instantes delante del espejo, y se mira brevemente, sin casi detenerse. Pasado un rato, después de vestirse, busca uno de los dos zapatos que quiere usar (el otro se lo acaba de poner), y tras unos momentos de búsqueda lo encuentra. De repente, se da cuenta de algo importante al escuchar un murmullo de agua procedente del baño: se ha dejado los grifos abiertos... y ni siquiera se ha bañado. Se le olvidó. Momentos después, sale a pasear por la ciudad, y por su mente aparecen pensamientos extraños que la asustan. Camina sin rumbo, sin estar realmente pendiente de lo que le rodea. Su mundo interior poco a poco devora al mundo exterior, y a cada paso que da, siente un extraño miedo. Se rasca la nariz, el pelo, el hombro. Sus manos van y vienen de su cabeza, arañan su piel. Son tímidos intentos de lo que realmente quiere hacer: lo que en realidad desea es arrancarse el cerebro.

Y ahora la peli:




¿Qué os ha parecido? ¿Habíais imaginado más o menos cosas al leer? ¿Qué detalles cambian? 

martes, 15 de junio de 2010

Cuentos inconclusos (I)

Cuando uno cierra los ojos para intentar no ver nada, ve la oscuridad, y cuando uno se tapa los oídos para no escuchar nada, lo que hace es escuchar el silencio.

Érase una vez un hombre que había olvidado cómo se sonreía. Rebuscó entre sus recuerdos pero nada de lo que le hizo sonreír en otros tiempos ahora le provocaba el más mínimo atisbo de sonrisa. Buscó la compañía lejana de los niños del parque, observó atentamente sus juegos y cómo se divertían, pero la felicidad espontánea de la niñez no es contagiosa a un adulto, porque madurar en cierto modo significa ser inmune a la ingenuidad. Miró atentamente los programas de humor de la televisión, vio de qué se reía la gente, pero no surtió efecto. Del mismo modo, contempló con detenimiento cada fotograma de las principales comedias clásicas del cine, y aunque los encontró interesantes, nada parecía hacerle el efecto deseado: sonreír. 

Tras una mala noche, cabizbajo, se puso a caminar sin rumbo una mañana por la ciudad. 

Una brisa traviesa tropezó con él, acariciándole la mejilla. 

Y fue ese suave e inesperado cosquilleo el que hizo volver a sonreír al hombre.




viernes, 23 de abril de 2010

San Jorge


¡¡¡Felicidades, Jorge!!!

Hoy es tu santo, y como sé que eres un católico ejemplar, y un absoluto fiel y seguidor de todas las tradiciones cristianas, ¡¡¡¡te felicito!!!! 



Pero déjame que en lugar de regalarte una rosa y un libro, que es lo típico, te regale en primer lugar un jazmín, porque me gusta cómo huelen. Lo sé, es una flor típicamente femenina, pero me resbala completamente, a mí me trae recuerdos de noches de verano adolescente, de sudor pegajoso y húmedo mezclado con un poniente insoportable que ahora echo de menos -a veces-, de madrugadas solitarias, cuando todos duermen y el relajante cantar de los grillos se mezclaba con el lejano ladrido de algún perro de la urbanización. Y todas las estrellas que no aparecen en el cielo urbano eran perfectamente visibles allí, como si ellas también estuvieran de vacaciones. ¿Dónde van las estrellas cuando no es verano?



Y en lugar de regalarte un libro cualquiera, te doy un libro de esos falsos, huecos, para que dentro metas algo, no sé, una petaquita para echar un trago secreto, algún recuerdo antiguo -aunque no te veo yo muy de guardar diogenéticamente según qué cosas-, algún dibujo recién pintado de los tuyos, o simplemente el vacío, que hoy en día estamos tan saturados de todo, que hasta se agradece un pedazo de insípida Nada para que hagas con ella lo que te dé la real gana. Espero que metas el "libro" entre tus estantes, entre dos libros de título rimbombante a ser posible, para que pase absolutamente desapercibido. Y para que así, alguna de esas miradas que tanto se dan en las bibliotecas, tan promiscuas, saltando de libro en libro, no detecte ese refugio especial y pase de largo, como se pasa de largo ante esos mendigos que tocan música que nadie escucha.

Te imagino desenvolviendo el libro, mirando su título, poniendo cara de "¿por qué cojones  testículos me regala este libro a mí?", y tu gesto de sorpresa cuando vieras que el libro está vacío...

Y a lo mejor lo que harías entonces es guardar el jazmín dentro del libro con un poco de tierra de tu jardín privado, hasta que florecieran más y más :-) ¡Qué buena idea! Al fin y al cabo ambos sabemos que de un buen libro siempre surge alguna que otra raíz.



domingo, 11 de abril de 2010

Collage: "Where we dream"


Cuando la luna duerme, 
un hombre sueña cabizbajo. 
Sus sueños son como el guía 
que escapa de la mente. 
Como un pirata en busca 
de algún valioso tesoro
al que perseguir para nada.

lunes, 22 de febrero de 2010

Me gusta conducirme

Hace un rato he experimentado un ramalazo de felicidad, uno de esos escalofríos en la espalda tan especiales que a veces nos pasan a todos, no sé si me explico.

Estaba tan tranquilo, preparando el trabajo para esta tarde, cuando he despegado la mirada del portátil, la he fijado en la ventana unos instantes, y he visto las nubes. Hoy aquí, ni hay un sol maravilloso, ni llueve torrencialmente. Sólo nubes, que dejan filtrar la luz justa para que el día se considere nublado sin que se adivine lluvia.

No hay agobios fuera de mí, no los hay dentro.

No es que me haya pasado algo genial últimamente. De hecho tengo algún que otro problema, como todo el mundo. Pero en líneas generales podría decirse que me va bien en todos los aspectos de mi vida: familia, amigos, relaciones, salud, trabajo... O mejor dicho, no es que me vaya bien ni mal, pero la situación es manejable. Que hay algo por encima de todas las pequeñas dificultades cotidianas y que ese algo no depende de nadie, está dentro de mí.

Yo siempre digo que no quiero ser feliz, que lo que quiero es estar tranquilo. Mientras miraba el cielo, pensaba que ahora mismo no me apetece (en el sentido de no siento la necesidad de) hacer el viaje de mi vida, o conocer a alguien que sea increíblemente interesante, o leer un libro fascinante, o ver una película que me haga llorar hasta doblar el alma... Simplemente creo que me apetece disfrutar de los pequeños detalles diarios. Debe ser agotador vivir siempre en espera continua, buscando el siguiente destino, la siguiente persona, la siguiente página, el siguiente fotograma... todo para acabar comparándolo con lo anterior o lo posterior. ¿Para qué? Está bien asistir a la felicidad, encontrarla inesperadamente al girar una esquina y decirle: "¡hey, tú, cuánto tiempo!".

Quizá la felicidad sea eso, coger el volante de tu vida, o mejor dicho, sentir que lo coges aunque no sea verdad que puedes salirte de la autopista e ir donde tú quieras, pero al menos sí que percibes que tú conduces, que tú diriges el camino, que tú escoges la ruta y nadie te la impone. Siempre digo que si la vida fuera un coche, la nostalgia sería el espejo retrovisor. Es algo que curiosamente nos obliga a mirar atrás para poder seguir adelante. Quizá ahora mismo esté yo ahí, conduciendo, a gusto entre el pasado y el futuro. Ni idea de dónde voy, y el caso es que me da igual, porque como dice el anuncio, "me gusta conducir".


En todo eso pensaba mirando las nubes... Enamorado como estoy del mar, me imaginaba que el cielo durante el día bien podría ser otro mar encima nuestro, con sus vaivenes, las nubes haciendo de olas, a velocidad infinitamente pequeña desde nuestro punto de vista, con su lenguaje propio. ¿Para qué buscar algo hermoso si basta con mirar arriba?



Todo eso se me ha pasado por la cabeza en un segundo, que ha sido cuando un escalofrío recorrió la línea de mi espalda de abajo a arriba, intensificándose sobre todo en su trayectoria por mi nuca, y culminando en mi cerebro en una especie de latigazo suave/caricia intensa.

O quizá en lugar de uno, fueron dos segundos, o tres o veinte, no lo sé. Creo que cuando he empezado a contarlos (que aquí inconscientemente es sinónimo de atraparlos), ha sido precisamente cuando todas esas sensaciones han desaparecido y se han ido lejos de mí, volando a algún lugar perdido en medio de ese mar de nubes, y yo he metido la mano de nuevo en el coche para coger con las dos manos el volante y seguir mi camino hacia ninguna parte.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Curiosidades sobre la baraja española


Una de las cosas que siempre me ha parecido muy curiosa es la simbología de los naipes de la baraja española. ¿Por qué un rey, un caballo y la sota? ¿Por qué oros, copas, espadas y bastos? ¿Cómo ha ido evolucionando la baraja española?


Respecto a la figura del rey, casi siempre se le suele representar como un hombre mayor y con barba, de pie y con corona, aunque en algunas barajas los reyes de oros y copas parecen más jóvenes, y además el rey de copas suele llevar un cetro.  En cuanto al caballo, suele representarse casi siempre en posición de defensa, con las patas delanteras levantadas. Curioseando por Internet, he descubierto que existen algunas barajas, muy pocas (y por ello muy valiosas) en las que el caballero aparece junto al caballo sujetando su brida, y no encima de él. Generalmente los caballos de oros y copas miran a la izquierda y los de espadas y bastos a la derecha. La sota suele aparecer siempre de pie y simboliza un mensajero o un lacayo. Ésta es la figura que más ha variado con el tiempo en su aspecto.

Un pequeño detalle en el que yo nunca me había fijado es el de las pintas, que son las discontinuidades que aparecen en los bordes de los rectángulos de las cartas. Como puede verse en la figura, los oros no tienen pintas, las copas una, las espadas dos y los bastos tres. Esto es así para que no haga falta ver toda la carta entera ni desplegarlas en abanico para saber a qué palo pertenecen: simplemente mirando el borde superior puede saberse su palo, dificultando así que los demás jugadores necesiten contemplar la carta completa para saber cuál es. De ahí viene la expresión "fijarse en la pinta de alguien".


Además, que cada palo tenga más o menos pintas establece una jerarquía entre los palos: oros, copas, espadas y bastos. Algunas interpretaciones realizan una asociación entre palos y clases sociales: el palo superior, con menos pintas, los oros, sería la monarquía; a continuación vendrían las copas, relacionadas con los cálices de la Iglesia; luego las espadas serían la nobleza y por último los bastos representarían al pueblo llano. Otra curiosa interpretación de los palos los asocia a los cuatro elementos que tenían cerca los jugadores de baraja en las posadas medievales: las monedas para apostar, las copas para beber, y las espadas y palos para resolver las disputas entre ellos.



Para terminar, he descubierto que existe una técnica de adivinación del futuro que sustituye las tradicionales cartas del tarot por la baraja española. Cada carta está metafóricamente asociada con una figura más o menos aleatoria, aunque por lo general el rey representa el estado mental del consultante, el caballo representa los posibles cambios, y la sota (que para adivinar el futuro se le denomina 'dama') indica el sentimiento principal del consultante (sota de bastos: pasión, copas: romanticismo, espadas: pensamiento, y oros: sensatez).

Os dejo con un par de barajas antiguas, aunque la segunda no parece precisamente española, pero es curiosa igualmente. ¡Feliz Navidad!





miércoles, 25 de noviembre de 2009

Los cuadernos Moleskine


Los cuadernos de notas Moleskine han sido, desde hace mucho, los preferidos por los escritores, periodistas y dibujantes. Existe una gran variedad de modelos, tamaños y colores, todos aptos para desarrollar la creatividad bien con relatos, poemas, dibujos, anotaciones, para pegar pequeñas fotos o recortes, o por qué no, para dejar escapar la mente en forma de garabato o de frases sueltas con muchos tachones, que acabarán desembocando en un maravilloso dibujo o un interesante relato.




Los hay bastante curiosos, como los dedicados a guías de ciudades (serie Moleskine City), como por ejemplo éste dedicado a Tokyo:



O éste otro en rojo, dedicado a la National Gallery de Londres:


Existen webs enteras dedicadas a que los usuarios de los cuadernos Moleskine cuelguen fotos con sus anotaciones o dibujos, como éstas:






















Aquí encontraréis un montón, y aquí hay auténticas maravillas...

Pero, ¿de dónde viene la tradición de los cuadernos Moleskine? Se denomina moleskin al tipo de tela que cube las tapas de los cuadernos, y hoy en día fabricados por la firma italiana Modo&Modo. Entre los famosos que usaron cuadernos Moleskine se encuentran Picasso, Van Gogh, Matisse y Hemingway, y actualmente Neil Gaiman.


Moleskine utilizado por Picasso

Aunque el más famoso de todos los poseedores de un Moleskine fue sin duda Bruce Chatwin, un novelista y escritor de viajes inglés. De hecho, los que Chatwin tuvo fueron fabricados por un conocido suyo de París que murió sin que se conociera el secreto de la fabricación de sus cuadernos, aunque los Moleskine actuales fueron creados gracias a las indicaciones que más tarde daría el propio Chatwin.



Bruce Chatwin, escritor inglés (1940-1989)

Chatwin tuvo una vida muy intensa. Trabajó para la famosa casa de subastas Sotheby's, llegando a ser director de la compañía y todo un experto en arte impresionista. Se dice que llegó incluso a tener problemas en la vista por la manera tan minuciosa que tenía de examinar los cuadros y, de hecho, fue tras volver de un viaje lejano (a Sudán, concretamente) recomendado por su oftalmólogo para descansar el esfuerzo al que sometía su vista, cuando quedó desencantado del arte y decidió dedicarse a la arqueología, abandonando Sotheby's definitivamente en 1966. Aparte de Sudán, viajó al estado africano de Benín, Australia, Gales, visitó Praga, la Patagonia... Sus obras son catalogadas como cuadernos de viaje donde queda totalmente desdibujada la frontera entre lo que es realidad y lo que es ficción, y tratan temas muy curiosos, desde el comercio de esclavos, los mitos de los aborígenes, la vida de dos hermanos gemelos que vivían aislados del progreso del siglo XX, o la historia de un hombre obsesionado con coleccionar porcelana. Tras morir de SIDA en 1980, las cenizas de Chatwin fueron esparcidas junto a una capilla bizantina en el Peloponeso. Fue un hombre impulsivo, creativo y apasionado, y todo quedó plasmado en sus cuadernos. Es quizá esa misma pequeña ansiedad por tener un soporte duradero en el que permanezcan las ideas o los sentimientos lo que lleva a la gente actualmente a comprar cuadernos Moleskine.

Para terminar, os dejo con dos fotos de mis propios cuadernos Moleskine. Unos los utilizo para prosa, el negro para poesía.