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jueves, 1 de noviembre de 2012

Lluvia


Soñé que estaba sentado en una silla, en una habitación de paredes blancas, muy cerca de una ventana, mirando a través de una cortina blanca, adornada con cuadros rojos y azules, una cortina semitransparente que llegaba hasta el suelo. La ventana estaba abierta unos pocos centímetros, y por la rendija se colaba una agitada corriente de aire que jugueteaba con la cortina, coqueteaba con ella, empujándola hacia mí para luego alejarla una y otra vez. Oía la lluvia fuera, golpeando el cristal insistentemente, aporreando la ventana como si decenas de diminutos seres traviesos pidieran entrar a la habitación. Los bailes de la cortina me dejaban ver el cristal de vez en cuando, y observé los verticales recorridos de las gotas, pequeños riachuelos atravesando la superficie de cristal, recolectando gotas de manera caprichosa, ahora por aquí, ahora por allá, para luego seguir en línea recta y de repente desviarse hacia alguna gota que había decidido descansar en un rincón ... Eran como un mapa de secretas autopistas con desvíos y salidas hacia lugares recónditos, alejados de todo, y las diversas gotas que resbalaban era el tráfico, recorriendo el cristal por todas partes.



Soñé que el aroma a tierra mojada se colaba hacia mí desde el exterior, y me hizo cerrar los ojos y recordar tiempos lejanos. Es curioso cómo uno pierde la vista cuando recuerda, como si los ojos miraran hacia dentro, y al recordar algo solemos aislarnos del mundo de dos maneras: o bien nos rodeamos de oscuridad, cerrando los ojos, o bien seguimos con ellos abiertos, pero perdemos la mirada, y aunque nuestros ojos enfoquen un objeto que tenemos delante nuestro, no lo vemos, incluso la visión se nubla parcialmente y las imágenes proyectadas por el cerebro parecen más reales que las que perciben los sentidos. La tierra mojada me hizo recordar cómo olía la madrugada después de una tormenta de verano fuera de la ciudad, hace años, cuando la lluvia era diferente porque podía imaginarme el galope de mil caballos desbocados atravesando el cielo, y cuando las noches también eran diferentes porque miles de estrellas que jamás se veían desde la ciudad poblaban el cielo, y me gustaba pensar que quizá aquella casa alejada de todo y de todos en realidad estaba situada en otro planeta y por eso se veían otras constelaciones, otras galaxias, otros mundos, invisibles desde el agitado ritmo urbano... aunque a veces pienso que quienes entonces eran diferentes no eran ni la lluvia ni las estrellas, sino yo.



Soñé con el silencio tras la lluvia. No es mi intención hablar ahora de los miles de tipos de silencio que existen, pero sí concretamente de ese silencio que aparece, se presenta, conforme va acabando el repiquetear de la lluvia contra todas partes. Es un silencio que yo definiría como amable, porque no se presenta de golpe, sino de manera gradual, pausada, a medida que la lluvia se siente agotada y se marcha poco a poco, incluso de forma educada me atrevería a decir (si pudiera hablar, ese silencio sin duda diría "¿puedo pasar?", con toda la incoherencia que conlleva el que un silencio hable). Si existiera un mundo en el que la lluvia desaparece de golpe y en apenas un segundo se pasara del estrépito a la nada, desde luego no querría vivir en él, porque seguro que sería un mundo donde también el mar rompe su naturaleza, y en lugar de infinitas olas, existe un número limitado de ellas, y la gente viviría angustiada pensando que la ola de mar que está viendo bien puede ser la última y que después sólo habrá una paz artificial, inquietante y fría en un océano que se perfila tan plano como muerto y donde ni el sol quiere esconderse cada atardecer. ¿Puede haber un mundo más terrible que aquel en el que las olas del mar tengan las horas contadas y la lluvia desaparezca de repente?



Soñé con el tacto del agua sobre el césped tras la lluvia, cómo esas gotas se quedan acumuladas en las hojas de las plantas, como dormidas, abandonadas por alguien, sin ganas de nada, como desperdicios, como los trozos de material que desecha un sabio escultor cuando termina su obra, y quedan esparcidos por todas partes. Y de repente esas gotas es como si tomaran conciencia de sí mismas, y resbalan sin que nadie les diga ni haga nada y se pierden de nuevo en la tierra, huyen como si súbitamente se dieran cuenta de que no tienen que estar allí y salieran avergonzadas del escenario tras haber cumplido su papel. Son puntos, esas gotas son como puntos suspensivos, pausas, silencios sobre las hojas, las flores, las plantas, que deja la lluvia sobre el paisaje. Y como casi siempre, esos puntos suspensivos significan "continuará...". La lluvia deja la naturaleza plagada de puntos suspensivos, la lluvia continuará otro día, en el siguiente capítulo, en otro episodio de aparición indeterminada, aunque eso sí, precedida de la desaparición de la luz, del sol... ¿Será que cuando llueve es porque el mundo entero recuerda y como comenté antes, decide cerrar los ojos y por eso la lluvia va asociada a cierta ausencia de luz, como los recuerdos? ¿Qué recuerda la lluvia? ¿O la lluvia es el recuerdo de algún Dios nostálgico? ¿Será que esas gotas muertas, esos puntos suspensivos son los que provocan el silencio tras la lluvia, como si el paisaje fuera un papel sobre el que la tormenta escribió? No lo sé.... sólo sé que mi sueño termina con una mano, extendida hacia mí, que coge la mía y donde puedo notar que esa piel tiene secretamente guardado el ímpetu de la lluvia bajo su epidermis, pues no es sangre la que corre por esas venas, sino un agua pura, fresca y llena de vitalidad.

miércoles, 27 de junio de 2012

Viaje


No es que viaje muy a menudo en tren, pero hace poco fui a Madrid, y compartí varias horas junto a una persona que me llamó la atención.

Yo me sentaba junto a la ventanilla, y él junto al pasillo, a mi lado. Del mismo modo que a mí no me gusta sentirme inspeccionado, y menos por un desconocido, apenas le miré durante el trayecto, o al menos no tan directamente como cabría esperar de alguien con quien solo puedes tener un contacto mas bien indirecto.

Así que la persona que voy a describir no será mas que un conjunto de impresiones, miradas de reojo, leves aseveraciones y alguna que otra opinión personal. De hecho la mayor parte del tiempo que pasé mirándole, no fue a él, sino a su reflejo en la ventanilla, o al perfil del mismo mas bien. Parecía que devoraba el paisaje, que los campos de Castilla, las solitarias llanuras y los desolados terrenos fueran tragados por él de manera vertiginosa, y mientras yo simulaba tener la mirada perdida en el horizonte, no dejaba de preguntarme si miraba su reflejo o si en realidad su difusa figura estaba realmente fuera del tren, de alguna forma integrada en el paisaje. 

Durante  casi todo el viaje estuvo leyendo algún tipo de revista técnica especializada en restauración de obras de arte, o eso me pareció leer de reojo, sin embargo, durante todo el recorrido apenas pasó de página un par de veces. Supongo, por tanto, que esa revista era alguna especie de escudo social: por una parte quería que los demás le vieran "ocupado" y no le molestaran (y esa y no otra fue la principal razón por la que no crucé palabra con él aunque ahora me arrepienta profundamente, pero tengo la buena o mala costumbre -nunca lo sé- de ser más respetuoso con los silencios que con las palabras), y por otra era obvio que mi acompañante deseaba pensar en sus cosas.

Cuando el personal del tren repartió los auriculares para escuchar alguna soporífera película, pude mirarle con cierto detalle. Sus ojos miraban la revista, que descansaba entre sus piernas, acoplándose a sus muslos (de manera que era más que evidente que esa posición curvaba las páginas y dificultaba la lectura de su revista-escudo), y que tenía la mirada perdida. 

De alguna forma su mente viajaba, sin duda a mayor velocidad que el tren. Es por eso que llegué a plantearme si la celeridad con la que el paisaje era violentamente dibujado y luego borrado con la misma violencia por la ventana no era sino su mente proyectada sobre el cristal.

Es curioso el tipo de mirada que se dibuja en el rostro de las personas cuando miran sin mirar. Tiene algo de hipnótico, tanto para el que observa como para el que es observado. Uno queda atrapado en su mundo interior de forma tan categórica como inexorable. Y el otro en cierto modo se ve arrastrado por el mismo mundo. ¿Basta, por tanto, con perderse en sus propios pensamientos para atraer magnéticamente a los que somos de naturaleza curiosa e introspectiva?

En un momento dado mi compañero de viaje se levantó y fue al baño. Dejó la revista abierta sobre su asiento y se alejó con paso decidido y algo nervioso. Pude entonces ver que entre dos páginas de la revista asomaba un papel. Intrigado, tras asegurarme que nadie me miraba, estiré la hoja de una punta con los nervios de quien estira el lazo de un regalo navideño, hasta poder verla en su totalidad.



En la hoja había dibujado un espigón. Como si de terrones de azúcar se tratase, varios bloques de piedra de forma cúbica se apilaban sobre el mar. Al fondo, la brillante luz de un faro resplandecía, compitiendo sin demasiadas ganas con una indecisa luna. El dibujo daba la sensación de querer caminar a través de él, ir pisando con cuidado cada uno de los bloques, manteniendo el equilibrio hasta acercarse poco a poco al faro. Lo curioso del dibujo -siempre desde mi punto de vista- es que al contemplarlo, no es que uno sintiera que caminaba voluntariamente al faro, sino que sentía más bien la necesidad de acercarse a él, como si de alguna forma en lugar de ser un paisaje horizontal, fuera todo lo contrario, una especie de vertiginiosa caída vertical, un camino que uno recorre obligado por la gravedad. Es como si el dibujo fuera una especie de pozo al que asomarse, motivado por el deseo extraño de querer averiguar qué se esconde al final del mismo. Porque al fin y al cabo, a veces mirar es caer, algunas miradas no son mas que precipicios hacia un extraño mundo.

Sin darme cuenta, cogí el dibujo entre mis manos y lo miré más detenidamente. Me di cuenta que en una zona del dibujo, una figura parecía haber sido borrada. No pude fijarme más, porque al fondo del pasillo vi que se acercaba rápidamente el joven de mirada perdida y andares apresurados.

Como buenamente pude, guardé el dibujo entre las páginas de la revista. Pensé que no sabía exactamente entre qué páginas estaba y confié en que no se diera cuenta. Si así fue o no, nunca lo sabré. Durante el resto del viaje, decidí que ya había atacado lo suficiente su intimidad, además por partida triple: observando su reflejo, su dibujo (otro reflejo de sí mismo) y escuchando su silencio (su tercer reflejo y sin duda el que más me habló de él, y el que mejor proyectaba quizá su manera de ser, o lo que yo imaginé que era su manera de ser), así que hasta que llegamos a la estación decidí escuchar música con los ojos cerrados, saltando de una ensoñación distraída a otra con el mismo vértigo que uno saltaba entre cada dos rocas del espigón de su dibujo, camino del faro, en busca de quién sabe qué luz.

Cuando el traqueteo del tren cesó al llegar a la estación, abrí los ojos y durante un momento esperé ver a través del cristal un faro haciendo compañía a la luna, dialogando ambos a base de brillos y destellos, contándose historias secretas. Pero la realidad era otra: a través de la ventana solo se veía el gris metálico de los andenes de Atocha. Me giré hacia el asiento contiguo para descubrir que estaba vacío. Recogí, inquieto y algo desorientado, mi equipaje. Y me marché de aquel tren no sin antes echar un último vistazo a la ventanilla, para descubrir que ahora era mi propio reflejo el que tenía la mirada perdida.

martes, 13 de marzo de 2012

La soledad del corredor de fondo



Cuando salgo a correr, a veces imagino que llevo sobre los hombros todo el peso del cielo, de las nubes. Que puedo caminar hacia el horizonte, y que, como buen corredor, debo marcarme cada vez una meta más lejana, y qué mejor que ponerse el inalcanzable horizonte como objetivo final, como destino único de todas mis carreras. Nunca llegaré a la meta, jamás conseguiré ganar a la noche y llegar antes que la oscuridad a la puesta del sol, pero no es lo importante, lo único relevante es que otro día más habré disfrutado corriendo.

En otras ocasiones, intento no escuchar el latido de mi corazón y dejar que sea el ritmo de mis pasos los que marquen mi vida en ese momento. Es como si entonces la parte más importante de mi cuerpo fueran mis piernas, las que me llevan de un lado a otro en forma de pequeños pasos. Corriendo se aprende a superar los obstáculos de la vida, porque quien pretenda superarlos de golpe (o dicho de otra forma, quien se hunde y considera imposible resolver sus problemas de golpe, quien quiere llegar a la meta al instante) está condenado a fracasar. Como también lo está quien todo lo mide según criterios de éxito o fracaso, dicho sea de paso. Lo importante es moverse, intentarlo, levantarse una y otra vez, dar otro paso más en compañía del último sol. O quizá todos los corredores tenemos en común que no sabemos si corremos porque nos persigue nuestro yo de ayer, nuestra versión antigua de hace unos días que salió a correr por el mismo lugar a la misma hora, o si quizá estamos persiguiendo a nuestro yo futuro que volverá a realizar otra vez la misma carrera mañana y pasado. Lo mejor de todo es que en realidad nada de eso importa, sólo importa dar un paso tras otro, sentir todas tus versiones en una especie de maratón psicológica, acompañándote junto al mar.

Foto cortesía de @xavidiazg (Instagram)


Corro contra mí, y a la vez conmigo mismo.

Cuando uno corre, es muy importante seguir el ritmo de la respiración, muchísimo más que el movimiento de las piernas en sí. En mis largas carreras junto al mar, rodeado de familias paseando, ciclistas, palmeras agitándose, en definitiva, multitud de actores que intentan distraerme, a veces me resulta complicado no escucharles ni verles, y no dejar que alteren el ritmo de mi respiración. Es por eso que correr te ayuda a mantener la concentración, a no dejar que las cosas que no son importantes en la vida te distraigan de tu camino, a marcarte una meta y jamás renunciar a ella.

El momento final es quizá el mejor, cuando acabas exhausto, cuando la respiración -especialmente los duros días de invierno- te marca tu límite físico, cuando el aire recorre tus pulmones y tú ya no respiras, y sientes cierto tipo de dolor físico, de intenso cansancio, y notas cómo tu cuerpo habla y te pide parar. 

Y es precisamente en esos momentos cuando me siento más vivo que nunca. Porque ser consciente de tus propios límites te ayuda a identificarte como ser humano.

martes, 13 de diciembre de 2011

A new Gorezje




Vigilo la noche, sentado en mi trono, sobre la cima de una montaña de la que nunca me llego a caer.

Atento como siempre lo estoy a todo, esta noche no iba a ser menos.

Si pudieras ver lo que yo estoy observando... Seguro que te imaginas que miro algo interesante, cautivador, sugerente, incluso seductor... 

Pero no es así... porque lo que yo vigilo es precisamente lo más difícil de vigilar: la quietud. La rutina. La repetición. Busco con mi mirada el cambio, espero con ansiedad la diferencia. 

No sé qué haré cuando llegue, cuando aparezca ese cambio. Pero lo que sí sé es que lo que entonces haga no será lo más importante. Lo importante es precisamente lo que sucede ahora. 

Podría decirse que estoy acechando, agazapado. Parapetándome tras los frondosos bosques de mi pasado. Vigilando una presa sobre la que nunca saltaré ni por supuesto devoraré.

Ante mí desfilan cientos, miles de personas, caminando en todas direcciones. Pero yo sólo veo una, cuyo perfil se desdibuja, se derrite, se desintegra poco a poco.

El amor es una entrega serena, una rendición constante. Es curioso: el amor, lo que más nos llena, consiste en cierto modo, en olvidarse de uno mismo. Precisamente. Entendiendo "precisamente" como su significado original: de manera precisa.

Porque para enamorarse, me atrevería a decir, que lo único que hay que hacer es ser naturalmente preciso.

A veces, ni yo mismo sé lo que quiero decir cuando hablo.
Porque a veces, ni yo mismo sé si contemplo una estatua o es mi propio reflejo.

La soledad comienza siendo un proceso interno, que va creciendo, desarrollándose. Llegado un momento, no sabes exactamente cuándo ni cómo, la soledad se cansa de ti, escapa de tu cuerpo y se sitúa enfrente tuyo, y entonces te mira fijamente. 

Y es en ese momento, cuando surge una paradoja bellísima: es tu propia soledad la que te hace compañía...

Y justo en ese punto me encuentro yo ahora. Contemplando mi propia soledad, de manera imperturbable, atento a su reacción. No verás amenaza en mis ojos, ni el miedo reflejándose en ellos. Como mucho, atisbarás la asunción de mi propio destino. De ahí mi serenidad: sé lo que me espera, tengo la total certeza de lo que va a pasar. Lo sé con todo lujo de detalles. Precisamente.

No le tengo miedo a la soledad, por una sencilla razón: porque no me tengo miedo a mí mismo.

Nadie mejor que uno mismo para ser su propio guardián.

O, dicho de otra manera si así lo prefieres... nadie mejor que uno mismo para vigilar su último y definitivo sueño.

Porque quizá eso sea lo mejor que explique mi mirada, que estoy soñando con los ojos abiertos. Cuando te miro, estoy atento a mí mismo. Estoy dormido, contemplando mi subconsciente. Nunca nos vemos tan de cerca como cuando soñamos o cuando nos enamoramos. Y al igual que cuando nos acercamos un objeto demasiado cerca a los ojos, no lo podemos ver  bien, no nos podemos ver bien. 

Estoy solo, asomado a un precipio, el de los sueños, por el que me caeré durante miles de kilómetros, y justamente un segundo antes de despertarme, mi cuerpo se estrellará tras la caída... ¿adivinas contra qué?

¿Contra un muro de piedra vetusta? ¿Contra los confines del cielo o de la tierra? ¿Contra la noche, la negrura o la oscuridad?

No.... 

Contra mí mismo. 

Una vez más.

lunes, 8 de agosto de 2011

Exámenes


Como si de espejismos en el tiempo se tratara, casi todos los veranos de mi adolescencia se me aparecen ahora borrosos, poco definidos. Eran tan solo pausas largas, descansos entontecedoramente calurosos entre dos trasiegos estudiantiles. Yo acababa el curso con muchos esfuerzos y pocos problemas, y cuando echaba la vista hacia atrás, sobre los nueve meses que duraba nuestro "período laboral" (como lo llamaba Miguel por aquel entonces), no me sentía especialmente satisfecho de haber superado otro año más. Desde siempre he tenido cierta tendencia a observar con más detenimiento lo que me queda por hacer que lo que ya llevo hecho, por lo que, por lo menos mientras fui joven, nunca encontré ningún tipo de placer en dar por terminado otro curso escolar. Sí que hallaba, en cambio, un más que necesario alivio, sobre todo por la perspectiva que suponía tener por delante todo el tiempo del mundo, aunque fuera concentrado en tres meses de ocioso verano, o por perder de vista la cordillera de apuntes sobre mi mesa y sustituirla por un liso y relajante paisaje playero.

El último día de cada curso era sensiblemente diferente al resto. Era un día extraño, en el que íbamos a clase sólo para recoger un boletín blanco, una cartulina pequeña, donde aparecían las notas de las asignaturas, y en menos de una hora, yo ya estaba de vuelta en casa. Daba hasta miedo ver que tanto tiempo, tantas experiencias, tantas hojas de apuntes escritas y luego leídas y luego releídas y luego memorizadas hasta la saciedad, pudieran verse resumidas en aquella simple cartulina. A mí siempre me dejaba cierta sensación de vacío el reconocer que al fin y al cabo todos los detalles de mi actitud durante el curso se reducían a diez palabras, una por cada asignatura. Y nada más.

Era un día totalmente fuera de lo común. Para empezar, aquel día íbamos al instituto sin mochila, sin equipaje de supervivencia, nos sentíamos casi sin ropa, como desnudos de obligaciones. La espalda era libre, Miguel y yo ya podíamos andar erguidos, no medio encorvados. Recorríamos el trayecto casi en silencio. Habíamos acabado los exámenes, habían pasado las fechas en las que la norma era acostarse muy tarde, levantarse muy pronto, comentar nerviosamente, durante la ida, por la mañana, aquel párrafo incomprensible de Nietzsche, la resolución de alguna ecuación, o de algún rebuscado problema de Física, hacer los correspondientes exámenes, y durante la vuelta, por la tarde, volver a casa discutiendo sobre la tercera pregunta del examen, las opciones de algún test bastante traidor, o el problema aquel al que no habíamos respondido más que con titubeos numéricos e hipótesis desafortunadas, donde la única que tendía a infinito era la improvisación, y el papel le hacía sentir a uno como un actor con amnesia crónica en medio de una obra de teatro que, decían, era más o menos fundamental para el futuro. 

La tensión de mi yo-estudiante-pre-examinante (otra etiqueta inventada por Miguel, muy aficionado a enlazar palabras) la recuerdo como la confusa unión de tres voces simultáneas que me hablaban sin parar: una, la primera, que a su vez eran muchas, la de todos aquellos profesores leyendo dentro de mi cabeza, en mi habitación, mis apuntes, escritos con mi letra, con mi bolígrafo... pero leídos con SU voz. Me hablaban en presente si de ciencias se trataba: "esto es así porque tal y porque cual", o en pasado en lo que a humanidades se refería: "esto fue así porque tal y porque cual", y siempre con la misma entonación exacta, precisa, que aún no he podido olvidar. La primera voz era el conjunto de todas esas voces, y la segunda voz sí que era mía, demasiado mía tal vez, pues era la voz de mi conciencia, que me indicaba todo lo que tenía por aprender aún, y que sin duda era alimentada por las furtivas miradas hacia dos montones de folios, el que ya me había estudiado (y que me proporcionaba inseguridad y un sinfín de dudas acerca de si realmente entendía lo que tenía que entender, dudas que aún hoy todavía mantengo...), y el otro montón, el que todavía me quedaba por estudiar, que no hacía sino provocarme miedo, y a la vez la total certeza de que en el examen en cuestión, una de las preguntas estaba completamente respondida en aquellos papeles tan preocupantemente vírgenes aún para mi entendimiento. Por último, por si fuera poco, al final del pasillo, la tercera voz de toda aquella ceremonia nocturna. Y ésta, más que voz, era todo un rugido animal: los ronquidos de mi padre, tan rítmicos como molestos, que venían a ser como el extraño tic tac de un reloj que no podía ser sino insoportable. Definitivamente, la infinita repetición de un ronquido no era la mejor manera de recordar el paso del tiempo a lo largo de aquellas noches de concentración.

Alumbrado bajo la luz del flexo (otro síntoma de mi responsabilidad), sobre mi mesa, aparte de folios, bolígrafos, bolas de papel arrugado, reglas, mi viejo compás y la obediente calculadora científica (ahora injustamente desterrada al olvido en el fondo de algún cajón), también estaban las provisiones de madrugada: un paquete de galletas a veces, donuts en ocasiones, patatas fritas de cuando en cuando, algún refresco, o cualquier otra excusa para desvalijar la despensa, que a su vez era la excusa para descansar las neuronas, ejercitar las piernas, y notar la extraña sensación que supone el estar, de alguna forma, secretamente unido con todos los compañeros de clase, con los amigos y con los menos amigos, con todos, que, aunque no presentes, seguramente estaban haciendo lo mismo o algo muy parecido en aquellos momentos.

Curiosamente, me acordaba de ellos en mis escapadas justo en el momento de abrir la nevera. No entiendo por qué la primera vez fue así, pero así fue y creo que no pudo ser de otra manera. Recuerdo que vi el rostro de Miguel estampado en la tapa de unos yogures. Miguel tenía un semblante realmente simpático, casi de dibujos animados. Tenía unos ojos sonrientes, una boca sonriente, una cara sonriente, muy infantil. El dibujo en cuestión (una fresa, como no, sonriente, montada en el lomo de una vaca mas bien inexpresiva, como todas las vacas, supongo), me hizo recordar, sin quererlo, una ocasión en la que Miguel se puso colorado de vergüenza. Fue en clase, una mañana en la que todos no dejábamos de hablar de nuestras cosas mientras la profesora daba clase de Geología. La profesora, que no le caía precisamente bien a mi compañero ("Se toma tan en serio la Geología que habla para las piedras", decía), le llamó la atención:

- Pero Miguel, ¿quiere usted callarse?

A lo que Miguel respondió:

- No.

Aquel "No" fue pronunciado como un "Pues no me da la gana". Porque Miguel, además de sonreir mucho, es de esas personas que a veces dice algo sin querer y luego se da cuenta. En aquel caso, la negación le salió del alma. Todos, incluida la atónita profesora, nos dimos cuenta de ello antes que él, y seguramente por eso mismo la piel de su cara adquirió una tonalidad granate. Parecía un rubí. Avergonzado, se vio obligado a sonreir ingenuamente. Y la profesora, al contemplarle, dio por ganada la batalla moral y siguió explicando como si nada. Miguel siguió sonriendo, pero no abrió la boca hasta que sonó el timbre. 

Desde entonces, siempre que yo estaba en época de exámenes, cuando abría la nevera para comer algo, el frescor, la pequeña bombilla y el ruido del motor, todos juntos, eran los perfectos estímulos para que yo recordara los rostros de diversos compañeros míos, primero el de mi amigo Miguel (sobre todo si había yogures de fresa), que recorría la pradera a lomos de una vaca, diciendo "no" sin cesar, y después el del resto, todos con los codos apoyados sobre la mesa de su habitación, el ceño fruncido, los dedos jugueteando con el bolígrafo, o tamborileando sobre la mesa, o, tecleando en la calculadora, o en el caso de los más perezosos, sobre el mando a distancia. Parece mentira como la mente puede asociar pequeñas ideas, aparentemente sin relación alguna, y como la costumbre se encarga de hacer de ellas un hábito bastante difícil y embarazoso de explicar en ocasiones. Pero así es, ahora en mi mente tengo enlazados los exámenes con los yogures en la nevera. Las costumbres a veces surgen de pequeñas tonterías sin importancia.

El último día, como digo, dejábamos atrás toda preocupación, y durante el camino al instituto, Miguel y yo no teníamos nada mejor que hacer que disfrutar del sol, mirar a la cara a las personas, pero viéndolas, no viendo la tabla periódica de los elementos o el busto de Séneca, o la libertad guiando al pueblo, y escuchándolas, no oyendo la segunda declinación o los verbos irregulares de la conjugación inglesa. De repente, todo lo que veíamos se nos presentaba extraordinariamente sencillo, sin significados ocultos. Gente tal cual. 

No sé si sería la ligereza del inexistente equipaje escolar, la ansiedad por conocer las notas definitivas, o la acostumbrada prisa de las últimas semanas, pero el último día siempre recorríamos el camino casi en la mitad de tiempo de lo habitual, hasta que nos dábamos cuenta de que ahora lo que había que aprender era a dejar la velocidad en casa, a ser posible, en algún bolsillo de la mochila abandonada. 

Entonces llegábamos a clase, tras atravesar pasillos llenos de otros adolescentes contentos y en manga corta. Todos triunfadores sobre el tiempo, comentando los planes para el verano. Si hacía poco tiempo estábamos en la tensión obligada, ahora llegaba la hora de la diversión obligada, independientemente del número de aprobados o de suspensos. Julio y Agosto eran meses para divertirse, quisiera uno o no. Septiembre, en cambio, era un mes para seguir divirtiéndose en algunos casos, o para estudiar de nuevo, en otros. Todos teníamos en común sesenta días de vacaciones como mínimo, y no podíamos sino manifestarlo.

Miguel y yo entrábamos en clase, y veíamos a los demás, en grupos, como siempre, sentados sobre la mesa unos, o de pie en pequeños círculos otros, o en cualquier rincón, amontonados todos en torno a hogueras invisibles, las del compañerismo. El nerviosismo de saber las notas, que nadie quería hacer patente pero que todos en su interior sentían, se acercaba hacia nosotros en forma de tacones de profesora madura, abrazada a cuarenta cartulinas blancas perfectamente dobladas y no tan perfectamente firmadas, eso sí, todas ellas coronadas por el rostro serio y más bien decepcionado, aunque sereno, de la tutora en cuestión. 

Por orden alfabético (el más absurdo que he conocido jamás), íbamos recibiendo nuestras sentencias, y la profesora lograba el mayor silencio de todo el año en aquel momento, justo cuando ya no lo quería para nada. Los ojos de los alumnos recorrían atentamente las diez líneas, releyéndolas continuamente para ver si, una por una, las notas eran las esperadas o si había sorpresas de última hora. 

Ni Miguel ni yo Sobresalíamos nunca en nada, ni siquiera éramos personas Notables, por no ser, no éramos ni hombres de Bien. Miguel y yo éramos siempre Suficientes en todo. Siempre. Una vez él sacó un sorprendente diez en el renacimiento, y yo otro (más sorprendente aún) en estática de fluidos, pero esas pequeñas medallas tan sólo sirvieron para promediar favorablemente a final de curso nuestros posteriores fracasos en Historia y Física, respectivamente. Me hizo gracia que, más tarde, Miguel dijera al respecto de sus notas: "la culpa de no sacar mejor nota la ha tenido la maldita revolución industrial", mientras yo asentía y pensaba lo mismo sobre el maldito electromagnetismo y la maldita química orgánica. 

Entregaba el boletín en casa ante la siempre condescendiente sonrisa familiar ("Muy bien, todo aprobado, no está mal", me decía mi padre, "¡Ay! Qué mayor estás ya...", me decía mi madre, "¿Fuficiente?", me decía mi hermana pequeña). Nunca me asustaba tanto ver a mis padres ponerse las gafas como aquel día. Siempre lo he aprobado todo antes del verano, pese a que durante el curso muchas veces suspendía. No podía evitar tener miedo por si mis notas no les parecían buenas. 


Zanjado el problema académico, la primera semana de vacaciones siempre la pasaba acostado, "en plan inválido", como me decía Miguel cuando venía a casa a aburrirse conmigo. Yo me despertaba a las once de la mañana, desayunaba cualquier cosa, volvía a mi habitación, y, todavía en pijama, me volvía a tumbar sobre mi cama, eso sí, con la persiana ya subida. La única diferencia era la luz. No quería volver a dormirme, simplemente quería estar acostado, enchufarme al walkman... y ponerme las gafas de sol. Mi madre me miraba con cara rara cuando entraba en la habitación para avisarme de que ya era la hora de comer, y me encontraba todavía tumbado, holgazaneando, mirando al techo, con una pierna apoyada sobre la otra en ángulo recto, los pies moviéndose en círculos al ritmo de la música, aquellos estridentes zumbidos surgiendo de mis vibrantes auriculares, y, encima, con las gafas de sol puestas. 

- Pero, ¿por qué te pones esas gafas para hacer el vago? Anda, ¡levántate y a comer!

Y yo me levantaba e iba a comer. Y después de comer, volvía a acostarme con mis gafas para hacer el vago.

No me era fácil no hacer nada. Siempre aparecía alguien que me recordaba que había que hacer algo, comer, responder al teléfono, cenar, salir a dar una vuelta. Quizás todos lo hacían por pura envidia, o porque se sentían en la obligación de llamarme la atención y recordarme que el mundo todavía seguía fuera de la habitación, como si en algún momento se le pudiera llegar a olvidar eso a alguien. 

- ¡Si ya lo sé! Dejadme todos en paz... - decía yo.

Yo ya lo sabía. Ya sabía que el mundo, sobre todo en verano, está por descubrir, pero no me apetecían ni mundos ni descubrimientos, me apetecía descansar, y no ser el nuevo Colón, y menos aún, ataviado con pijama y gafas de sol. 

Yo no me cansaba de descansar. Dejaba la mente muerta, sin llegar a dormirme. A veces cerraba los ojos y me imaginaba todo aquello que la música céltica, mi música, me sugería. Me veía a mí mismo cabalgando a lomos de un caballo blanco, en un día nublado, atravesando Irlanda de norte a sur. No tenía ni idea de cómo era Irlanda, pero ya sólo por su nombre, me imaginaba que debía ser una tierra verdaderamente hermosa, salvaje, y tremendamente solitaria y mágica. Me la imaginaba como un desierto verde sobre cielo gris, donde nunca dejaba de llover y donde yo, con el pelo empapado de agua fresca, me movía a toda velocidad por los caminos, a lomos de un pura sangre incansable, con un dominio absoluto de las riendas del caballo, desafiando a la tierra con un gesto altivo, la barbilla perfectamente elevada, la mirada siempre dirigida hacia el horizonte más cercano, los músculos de la cara en permanente tensión...

Estoy seguro de que, cuando uno imagina intensamente, cuando no está atento a nada, cuando deja la mente volar libremente durante un buen rato, si en ese momento alguien se fija en sus ojos con un poco de atención, puede llegar a averiguar perfectamente qué pasa por su cabeza. Pueden engañar los gestos, la sonrisa, incluso la voz puede falsearse adecuadamente, pero no la mirada, porque mantengo la teoría de que la mirada está emocionalmente mejor conectada con el cerebro que el resto de los sentidos. El tacto, el gusto, el oído, el olfato, al fin y al cabo son reales, no podemos tocar ni saborear cosas que no estamos tocando ni saboreando. Sí que podemos llegar a escuchar determinada música o incluso percibir algún aroma aunque no estén presentes, pero no con el nivel de detalle con el que podemos sentirlos si uno se lo propone. Por eso me ponía las gafas de sol. Me daba vergüenza que alguien entrara repentinamente en la habitación y me mirara, y que al mirarme, pudiera leer en mis ojos todo lo que yo imaginaba en ese instante, y se riera de mis leyendas y fantasías infantiles que no llevaban a ninguna parte. O que, como mucho, llevaban tan sólo al sur de Irlanda. Y qué mejor que ocultarle a los demás mis visiones que cubriendo mis ojos con sendos fragmentos de oscuridad.

Todas estas precauciones yo las tomaba por miedo a que descubrieran mi universo. Y me sigue pasando. Incluso a la inversa, y siempre con resultados negativos: a lo largo de mi vida, siempre que he adivinado lo que pasa por la cabeza de alguien, ese alguien huye y se transforma en nadie. Se siente atacado, vulnerable, cuando no es mi intención hacer daño. Y a mí me da miedo hacer desaparecer a las personas, lo que piensan, lo que son, lo que en sus sueños quieren ser...



martes, 1 de marzo de 2011

Las Tres Gracias

Pasa el tiempo y uno siente que lo mejor de sí mismo cuando era adolescente todavía lo conserva, exactamente igual, pero sepultado por capas y capas de experiencias que no han hecho sino que nos reafirmemos... 

Y lo peor de sí mismo todavía está ahí, y no sólo eso, sino que coincide precisamente con lo mejor, y esa coincidencia a veces nos produce un terror paralizante, que curiosamente a su vez es similar a un miedo infantil... pero otras veces da una increíble seguridad, que apacigua y reconforta... es como mirar al mar, a veces te asusta, a veces te calma...

El mar... siempre el mar... ¿Por qué? Porque en días como éste y en noches como aquella, uno quisiera sumergirse, ser sepultado por el agua, y que una sirena de largos cabellos le abrazara, y suplicarle con la mirada: "Llévame contigo hasta lo más hondo, lejos de la superficie, donde nadie me pueda alcanzar... dame sólo tu abrazo, que el agua invada mis entrañas y me impida respirar, y que no sepas si aprieto con mis dedos tu espalda porque te quiero, porque te suplico la vida, o porque me estoy ahogando y entonces me invade la muerte".

Y cuando uno alcanza ese fondo marino, duerme eternamente abrazado a ella... en ese tipo de abrazo, tan necesario, que se produce cuando alguien que te ve te está mirando a ti directamente, no a una imagen de otra persona proyectada en ti, ni -peor aún- a una imagen de sí  mismo proyectada en ti, ni -¡más terrible aún!- a un complemento de sí mismo, una fría y mecánica pieza (externa) necesaria para sentirse mejor (internamente). 

Escribo estas líneas junto a un espejo. De vez en cuando me miro en él,  y contemplo mi mirada, fría e inquisidora. Enfrente mío está el papel, que es otra suerte de espejo, y detrás mío, mi propia sombra, el antiespejo. Somos cuatro: mi reflejo, mi espíritu, mi sombra, yo.... los tres primeros alrededor mío... y pese a ser cuatro, la imagen mental que tengo de esta escena, la pintura que sin pedirla ni invocarla ha venido a mi mente, colándose rapidísimamente, es la de las Tres Gracias que aparecen danzando en "La Primavera", de Botticelli...


Las Tres Gracias…en perfecto círculo, en equilibrado contraste... una pareja de manos alzada por encima de sus cabezas, como brindando con un néctar invisible…otra pareja de manos bajada tras sus espaldas, como apartando o desechando el pasado... y una tercera entre las dos, balanceando las posiciones… miradas elevadas, miradas tensas, miradas perdidas... ¿celebran algo o se protegen de algún peligro? ¿Danzan alegres  o se pelean furiosas? 

Servidoras de Venus, las Tres Gracias, dedicadas a una graciosa danza, están representadas como tres jóvenes casi desnudas y luciendo peinados elaborados diversos. El cabello suelto sólo podían llevarlo las jóvenes solteras. Se las ha llamado Gracias porque de esa forma, danzando en corro, se las representó en el arte grecorromano. Como otros de los personajes del cuadro, las Gracias parecen ser retratos de personas existentes en la época y conocidas del pintor: por ejemplo, la Gracia de la derecha es Caterina Sforza, que Botticelli retrató como Santa Catalina de Alejandría (siempre de perfil) en el cuadro conservado en el Museo Lindenau de Altenburg (Alemania). La del medio debe ser Semiramide Appiani, mujer de Lorenzo il Popolano, el cual a su vez estaría representado como Mercurio, hacia el que mira Semiramide. La de la izquierda sería Simonetta Vespucci, prototipo de belleza botticelliana.

La hipótesis más acreditada referente a las tres jóvenes que bailan es que la de la izquierda, de cabellos rebeldes, es la Voluptuosidad (Voluptas), la central, de mirada melancólica y de actitud introvertida, es la Castidad (Castitas), y la de la derecha, con un collar que sostiene un elegante y precioso colgante, y un velo sutil que le cubre los cabellos, es la Belleza (Pulchritudo).

Pero ellas eran tres, y aquí somos cuatro... ¿quién sobra, pues? ¿Sobra el reflejo de uno mismo, nuestra proyección, la imagen que los demás tienen de uno? ¿Sobra el espíritu, el arma más valiosa, el verdadero ser, que curiosamente siempre acaba uno encontrándolo jugando fuera de uno mismo? ¿Sobra la sombra, el extraño motor de la vida, esa parte oscura de la que uno huye sin parar, y que sin embargo muchas veces nos hace reaccionar y no nos deja consumirnos? ¿Sobra uno mismo? A lo mejor hay un cuarto personaje en medio del corro, invisible, y ese cuarto elemento es precisamente uno mismo... ¿Bailan alrededor de uno o le encierran en el círculo? ¿Le atacan o le están protegiendo? ¿Estrechan el círculo o lo amplían? 

Sigo leyendo acerca del cuadro...

En los siglos XVII y XVIII se le llamó "El jardín de las Hespérides", creyendo que se representaba dicho lugar, con la manzana de oro, y pudiendo ser las tres jóvenes que bailan las hijas del gigante Atlas, que vigila el jardín... Otras interpretaciones identifican la figura de la ropa florida como Florentia, nombre clásico de la ciudad de Florencia. En este caso, también las otras figuras serían ciudades ligadas de forma diversa a Florencia, como Milán (Mercurio),  Roma (Cupido), Pisa, Nápoles y Génova (las tres Gracias), Venecia y Bolzano (Cloris y Céfiro/Bóreas)... Si por lo tanto Florencia fuera realmente Venus, el personaje de la ropa floreada sería entonces Mayo y representaría a Mantua.

Miro sus manos, la grácil forma de sus brazos, la silueta de las tres figuras entrelazadas... Trazo una línea con mi dedo, recorriendo esas manos y esos brazos unidos unos con otros... Pisa, Nápoles y Génova... vuelvo a recorrer esa forma sin inicio ni final una y otra vez... Voluptas, Castitas y Pulchritudo... esa silueta me resulta familiar... Caterina, Semiramide y Simonetta… esa forma es una letra.... contemplo el resto de la pintura... miro los brazos de las otras figuras...sus expresivos movimientos... sus misteriosas posiciones.... cierro los ojos y visualizo en mi mente sólo las partes de sus cuerpos que se mueven... y entonces empiezo a entender el mensaje....


Skyros.... Esciros... isla griega... una de las Espóradas... donde se halla uno de los diecinueve montes llamados Olimpo que hay repartidos por toda Grecia...

Según la mitología, Skyros fue el refugio de Aquiles, héroe de Troya, cuya madre, Tetis, lo escondió allí vestido de mujer entre las hijas del rey Licomedes, para evitar su marcha a Troya. Se dice también que en este lugar murió el rey de Atenas, Teseo. Skyros en su mitad se convierte en un estrecho istmo que divide la isla en dos, la norte, más poblada y frondosa, y la sur, montañosa y árida. Destaca por la arquitectura tradicional, su rica tradición folklórica y la gran alternancia de paisajes, de grandes playas arenosas, rocas escarpadas, calas pintorescas, cuevas marinas con aguas cristalinas, una naturaleza exuberante y localidades históricas.

Quizá todos somos como Skyros, mitad alegres, mitad tristes… Siempre rodeados por los brazos del mar… Y sobre la arena bailan las Tres Gracias entrelazadas, más una cuarta figura invisible, pero tan real como las demás... quizá el cuarto es uno mismo escapándose del abrazo de esa sirena que nos ayuda a morir para estar vivos, y nos empuja en el último momento hacia la superficie, para aparecer desnudo junto a las costas de Skyros…

El miedo a veces nos asusta simplemente por su posibilidad, o por tendencia, no porque suceda algo real. Es en esos casos cuando se actúa con una fuerza especial, por prevención, para que algo imaginado no suceda, porque está en nuestras manos evitarlo. Es necesario compensar la siempre vaga y lejana idea de la muerte con el nunca suficientemente valorado hecho de estar vivos. Y es la incertidumbre y la confusión quienes precisamente aportan, al menos inicialmente, más claridad, más firmeza en la acción, el valor de respirar una y otra vez automáticamente, durante siglos si es preciso. 

El miedo es un espejo, un espíritu y una sombra, todo a la vez, que nos envuelve en su narcótico baile y nos transporta a una lejana isla perdida, de la que únicamente podremos escapar con la ayuda de una misteriosa sirena... 


jueves, 24 de febrero de 2011

Ensoñación


En la calle Aristide Briand, esquina con Camot, se encuentra el Café de Batignolles, con una decoración reciente, sin embargo mantiene cierto sabor tradicional, cierto buque, que le dota de una ambientación agradable, en cuanto a entorno, y también a lo que llamaríamos atmósfera. El suelo de tarima, los cristales acidados y esa sempiterna niebla parisina, fina y delgada son el complemento por el que el Batignolles puede ser la resultante de lo evocador y lo genuinamente parisino. Esa mañana sin ser muy diferente si tenía cierto aire especial, sería el compás de la tarima cuando dos son los componentes, el cuero de los zapatos y el taco de goma de las muletas; café y dos tostadas, el camarero no se llamaba Bertrán, se llama Karín, eso me gusta mucho de la laica Francia, eso y que el día de nochevieja el metro sea gratis toda la noche hasta el midi del día uno. Cierto grado de humedad, el ronroneo de las conversaciones en las distintas mesas con el repicar de las cucharillas, o tal vez el no pertenecer a este horario, el no ajustar ese maldito reloj de arena que tiene que marcar almuerzos a las doce y cenas a las siete, pero había un aire especial. Juliette se retrasa, habrá perdido el metro de las 8.40, tampoco es una novedad, ayer casi no llegamos a la filmoteque y se supone que yo soy el lento, pero todo lo suple con el encanto de sus grandes ojos azules, y sobre todo, esa mezcla espontánea de las dos partes del Pirineo, aunque confieso que ese culto a la impuntualidad me molesta, no pienso decirle nada –si no es estrictamente necesario – por lo demás es encantadora.

No hay mucha gente en el Batignolles, pero si la suficiente para que la banda sonora de todas las conversaciones, sirva de un acompañamiento en absoluto estridente, más al contrario, agradable, debo concluir que me gusta.
 Karin no tiene los ojos grandes (el también es resultado de dos mezclas interesantes), pero salvo una piel brillante, nada más destaca en apariencia, tiene una sonrisa muy agradable y es atento, eso es de agradecer, puntualmente pone el café sobre la mesa y las tostadas. El pan francés es adorable, tiene ese punto de sabor, ese crujir en tu boca, que te hace afrontar el día con buen humor, no hablemos de la mantequilla he recuperado viejas costumbres, no me he resistido a dividir la pequeña porción en cuatro partes, primero una, cuando se termine, las demás – he de advertir a Juliette- su retraso empieza a ser considerable.



Con el paso de los minutos, algo me devuelve a la noche anterior, es un titular de Le Monde, Parisiens peu de sommeil (Los parisinos duermen poco), intento analizar las razones. ¡Que novedad!, yo analizándolo todo, me doy cuenta que duermo bien, que duermo cuando todo está oscuro, pero que soy adicto a la ensoñación, quizás a un sueño concreto. Ese sueño que suele comenzar con un abrazo, que suele continuar con un susurro y que no termina, porque cuando hay una trama felina, no hay final, es como una circunferencia hermosa, todo retorna a un principio y a mi me da por no analizar nada. En ese plano diferente espero la entrega, la cierta rendición consciente que algunas serán las condiciones, la calidez que cada momento sustenta un lecho de certezas y destruye una pared de conjeturas. Hay otros sueños, me han hablado de ellos incluso he estado alguna vez allí, suelo visitar salones y torres, pero en este hay una llama que al arder torna oscuro todo el perímetro, como custodiando la pasión que allí se enciende, tal vez hace tiempo empecé otro libro y ahora estoy dispuesto a retomar más capítulos, aunque toda ayuda es buena.

El café está buenísimo, he concluido con el minúsculo cuadrado de mantequilla, puedo continuar. Pensando en la noche, no me he dado cuenta que el Batignolles se ha llenado de gente, bueno en realidad son dos  o tres personas más, a simple vista me parecieron muchas. ¡Por fin llega Juliette !. Entramos en el clásico, « que si he perdido el metro de las ocho cuarenta », « que si tenía un zapato con rozaduras », eso y sus grandes ojos azules.

¿Te gustó la película ?,..... sí  mucho, ya sabes que soy un Vampiro con muletas, rindo culto a Nosferatu y al pianista, más al pianista por la parte terrenal....... ¿Qué deseo le pedirías al Vampiro ?.....Creo que volver a bucear, es lo que más me seduce, pero el Vampiro ya ves en que convierte el barco. Yo también era ese barco, pero no se si estos son los astilleros adecuados, pienso que me equivoco no eligiendo el mediterráneo.


¡Me encanta tu camisa!. Confieso que miré a Juliette con cierto desden ; como no le iba a gustar, me la compré con ella y confieso que no era la elección que más me apetecía, pero la ciudad tiene armas poderosas, y hasta que se descubren, pasa el tiempo y te compras una camisa de cuadros malvas y azules, eso si, de Yves Saint-Laurent no es Rabane ni Dior, ni tampoco Adolfo Domínguez. Es Yves Saint-Laurent. Juliette me propuso ir a comer cerca de los jardines de Luxemburgo, en realidad, íbamos a ver una exposición sobre Haussmann a la Escuela de Arquitectura, estaba cerca.

¡ Quiero un sitio tranquilo !, donde podamos hablar sin ruidos, y ya sabes que no me agradan en exceso los italianos, ¡ah ! y luego me gustaría que viéramos la Librería de Mézieres, el otro día fuimos a ver la tienda de alfombras y no nos dio tiempo. Juliette cambió la mirada, sus ojos azules, incluso en un primer destello parecían grises, de  repente cambió el gesto, su reflejo no era ya un gesto de enfado como percibía segundos antes, puso esa cara de gran dama, tan familiar, que me ha acompañado casi toda mi vida y con una firmeza templada se limitó a decir : ¡En ocasiones eres tan versallesco Jorge !

Jorge

miércoles, 23 de febrero de 2011

Oscuridad


Una mañana despertarás con una extraña sensación. 

Descubrirás que tu cama se mueve, se balancea ligeramente. Al principio te marearás, te sentirás desorientado. Abrirás los ojos para descubrir la oscuridad. No te asustará, por supuesto. No sólo estarás desde hace siglos acostumbrado a ella, sino que a ti te gustará, te reconfortará, porque de la oscuridad nace todo. La oscuridad no es un sumidero, porque la oscuridad representa cualquier cosa. La luz ciega, hace daño, mientras que la oscuridad te envuelve... pero sólo si ella quiere, tú no mandas sobre ella, es ella la que decide. Y si ella te rodea, nunca lo hace de manera agresiva, siempre lo hace seduciendo sutilmente. La luz dibuja contornos, formas, colores. Su discurso es claro y objetivo, es lo que es, no hay más. La oscuridad es ambigua, llena de interpretaciones, de sabores, de recuerdos. Los que tú quieras.

La luz es el cuadro. La oscuridad es el lienzo.

No podemos cambiar lo que vemos, pero sí que podemos cambiar lo que todavía no vemos. O al menos intentarlo. A veces pienso que la palabra intento debería ser, en determinados contextos, sinónimo de imaginación. O de ilusión. O de amor.

La oscuridad es una niebla con personalidad propia. Y tú entonces serás como el ciego, que se siente seguro en la oscuridad, porque se acostumbrará a ella, porque no le quedará más remedio, y hasta le sacará partido. Aunque en tu caso no será por obligación, sino por una mezcla de juego y consentimiento. Ya me contarás otro día qué pacto hiciste con (o contra) la oscuridad.

Entonces, todavía tumbado en tu extraña cama, extenderás la mano hacia ella, hacia la oscuridad. Te gustaría acariciarla despacio, pero no lo conseguirás. Porque en cuanto muevas tu mano hacia el techo, chocará contra algo extraño, frío y duro, que en principio no reconocerás. Lo palparás, tendrá el rotundo tacto de la madera, sonará como la madera, olerá a madera. Pensarás que estás encerrado en una especie de ataúd, empujarás asustado la tapa con fuerza y algo de rabia (tú y tu inconformismo), verás que te cuesta abrirla, pero notarás que poco a poco cede lentamente, y que cuando lo logres, de repente un poderoso rayo de luz te cegará...

Porque no estarás en un ataúd, ni habrá tapa alguna que levantar. Será un armario. Estarás en el mismo armario en el que se guardan todos los recuerdos de tu infancia. Un armario que estará flotando abandonado sobre el mar. Fue el balanceo de las olas tu despertador. Y será la puerta del armario la que habrás abierto golpeando al mar con un sonoro chapoteo, muy parecido al de una bofetada. 

Sí, tú flotarás en tu armario sobre el mar. Flotarás como tu mano. Porque será tu mano la que flote, no la mía. Apoyado en el armario, la dejarás caer sobre el mar, pero no toda ella, sólo los dedos. Las olas subirán y bajaran muy levemente durante horas, el mar estará calmadísimo, te lo garantizo, y apenas notarás las variaciones del nivel del agua en tus dedos, pero ahí estarán, créeme. 

Y eso a ti siempre te ha gustado, estoy seguro.

Entonces mirarás al horizonte, cerrarás los ojos para recuperar la oscuridad y te dejarás llevar, navegando en tu armario sobre el infinito. 

Y sin saber por qué, serás feliz cuando llegue la noche. Porque los colores previos del ocaso son majestuosos, soberbios, continuamente dicen "estoy aquí". Pero luego llegará la noche, y la luna se burlará de los colores del día. Porque lo que prometía ser eterno desaparecerá en un instante. Y porque, ¿acaso no tendrá más valor una pequeña fuente de luz en medio de la negrura, que otra inmensa gobernando los cielos durante el día? Verás. Verás como en unos minutos la sangre del ocaso, que juró quedarse para siempre sobre el cielo, se habrá esfumado. Porque habrá llegado ella: la noche, la oscuridad, la negrura. La verdadera Emperatriz del cielo. 

De ese cielo que tanto amas. 

De ese mismo cielo... que yo también amo.

Lo reconozco.



lunes, 7 de febrero de 2011

Delirio


No me gusta viajar porque me da miedo que todo lo que conozco haya desaparecido al volver. La solución sería viajar eternamente, no volver nunca (o quizá sería precisamente un eterno retorno), pero yo ya tengo raíces echadas, la mayoría de ellas sin querer, y como animal racional-pasional que soy, no puedo deshacerme de las raíces aunque quiera. Soy muchas cosas, pero no un árbol andante.

Prefiero descubrir los detalles de lo que tengo cerca. Siempre hay otro detalle nuevo, a veces la rutina -palabra denostadísima y prostituida hasta la saciedad- es esa flor que sostiene el enamorado, deshojándola para saber si su amada le quiere o no le quiere, solo que con la rutina pasa que hay infinitos pétalos y nunca sabes la respuesta, y eso no sé si es bueno, pero a veces es entretenido no tener la certeza de algo. Ése es justo el problema, que la gente confunde "rutina" con "certeza".

Mucha gente que viaja no conoce lo más próximo, es más, muchos presuntos viajeros ni siquiera se conocen a sí mismos. Y al fin y al cabo el alma es algo de lo que no nos podemos alejar, por mucho que viajemos. No obstante, viajar te da una valiosísima visión general de las cosas, eso es cierto, aunque mi método es más bien ir de lo particular a lo general (aún estoy en la primera fase), mientras que otros optan por ir de lo general a lo particular (¡ya verán la que les espera, ya!).

Cuenta la leyenda (mentira, lo cuento yo, pero queda más prosaico) que existe un palacio de alabastro construido en la cima de una montaña en algún lugar del mundo. Está situado en una isla en medio del Océano, en algún lugar entre el archipiélago europeo-asiático-africano y esa enorme isla llamada América. O no. El caso es que sólo puede ser visitado en sueños, pues únicamente puede entrarse en dicho palacio cuando uno no desea hacerlo, cuando se le ha olvidado cómo llegar, y de sobra es sabido que olvidar -como amar- es algo totalmente involuntario. Por algo será.

Una vez llegas allí, te recibe la Guardiana. Es una mujer anciana que te abre cada una de las estancias del palacio si lo deseas, o al menos eso creo, porque nunca le he dicho que lo haga. Lo sé porque de su cintura cuelga un llavero que tintinea rítmicamente a cada paso que da, y ésa es otra cosa que no entiendo, porque cuando ella camina, no se mueven sus piernas. Su falda es tan larga que no se le ven los pies, y sin embargo nunca he visto que se la pise. Ella se limita a deslizarse, pero qué más da eso ahora...

El caso es que en el palacio hay una torre, y desde la cima de la torre pueden verse a la vez todos los amaneceres y atardeceres que quieras. De pequeño, cuando iba allí, miraba ansioso al horizonte y luego corría al otro extremo de la torre para asomarme al otro lado, porque pensaba que cuando el sol se escondía, aparecía al instante por el otro lado del mundo. Sí, yo era de esos niños que ninguneaba la luna, quizá por eso ahora la venero, aunque ella siempre haga como si le diera igual, y por eso me gusta tanto. Al Sol hay que serle fiel, a la Luna hay que amarla. Es diferente.

Cuentra otra leyenda (lo sé, no he acabado la primera, pero ya veréis, de momento dejadme hablar), que en una calle de París, en algún lugar entre las calles Anatole France y Voltaire, vive el Mensajero. Tú hablas con él, o le miras, o le escuchas, y parece una persona normal, con sus ojos y sus deseos y sus heridas, pero no lo es. Porque el Mensajero tiene varios relojes de arena internos a los que da vueltas aunque nunca acaben de vaciarse, porque de vez en cuando le sorprendo en ese gesto tan felino de revolverse y morderte en mitad de una caricia, porque es elegante hablando hasta el punto de aturdir (elegante en el sentido de tener estilo propio y muy bien definido), pero sobre todo porque, sabedor de su bagaje, a él, en cierto modo, no le hace falta viajar. Le pasa como a mí.

Coincidimos hace poco -nada- en una velada en el palacio. Me sorprendió verle en la azotea de la torre.

"¿Qué haces aquí?", le pregunté.

"Nada, o esperarte. Es lo mismo", dijo.

La Guardiana, que me había conducido hasta la azotea, agachó entonces la cabeza y comprendió que queríamos estar solos. Se limitó a desplazarse (emplear la palabra "andar" sería abusar del verbo) hacia una mesa cercana y verter en dos vasos -que ni siquiera llegamos a tocar- el contenido de un frasco de cristal. Dejo en vuestra mente adivinar quién cogió qué vaso.



"Deseo tanto que llueva", me dijo el Mensajero. "Tanto..."

Le iba a preguntar por qué, pero me pareció tan absurdo, que me limité a mirar donde él miraba, cosa que todos hacemos a menudo, no sé muy bien por qué. Cuando alguien está triste, miramos donde él mira, quizá para comprenderle y compartir su dolor, pero en realidad deberíamos mirarle fijamente, penetrarle con la mirada, hacer que arda su dolor por dentro, como esos intensos rayos de luz que, dirigidos durante un tiempo hacia el mismo punto, provocan, a base de ser plastas y pesados, esa clase de llama que todo lo revoluciona sin el menor rastro de piedad. Así pues, me equivoqué y no le miré a él sino al horizonte, donde justo en ese instante el Sol desaparecía, como cada día, como cada noche.

Entonces pensé que de niño, en esa situación, me habría dado la vuelta al instante y habría corrido en busca del otro Sol. Pero ya no era un niño, y además....

Y además, me di cuenta que aquel había sido el final del último día de la Historia de la Humanidad.



Pierde la vida
su manto azabache
sobre tu alma



miércoles, 22 de septiembre de 2010

Cuentos inconclusos (II)

Todo comenzó una mañana cualquiera. Estaba en el despacho, escribiendo un informe en el portátil, con una taza de café al lado. Me levanté para ir al baño, volví... y la taza había desaparecido. Pese a estar seguro de no haberla cogido para ir al baño (¿qué sentido tenía?), fui a buscarla al baño, y obviamente no la encontré. Me extrañó, me sorprendió, incluso me asustó un poco, primero por no ser capaz de recordar si había hecho algo tan simple como coger o no coger un objeto, y más tarde porque al mirar la posición donde estaba la taza en la mesa, al ver la evidencia de ese espacio vacío, no quedaba ninguna duda de que no lo había imaginado.

Tampoco tenía tiempo para pensar demasiado, recuerdo que fue una época de demasiado ajetreo laboral, y no podía permitirme el lujo de detenerme a pensar en nada. Lo consideré un hecho aislado e inexplicable como tantos otros. Si la taza no aparecía, es porque no deseaba ser encontrada, ya aparecería.

Y no habría pasado de ser una simple anécdota que a todos nos suele pasar si no fuera porque jamás encontré la taza, y sobre todo porque en días posteriores, fueron desapareciendo multitud de objetos de mi casa, y siempre en la misma situación: estaba realizando alguna tarea, iba de una habitación a otra, y al volver, había desaparecido algo... un bolígrafo. Un reloj de pulsera. Unas monedas. Un cenicero, una manzana medio mordida, un periódico.... todo en aproximadamente una semana o diez días.

Pese a sentirme inquieto, decidí no darle demasiadas vueltas, no pensar en algo que no tiene explicación del mismo modo que ya no pienso en Dios o en el origen del Universo. O quizá fue miedo a no admitir que algo sobrenatural estaba sucediendo en mi casa, ante mis propias narices. Supongo que fue una forma de huir. Del mismo modo que al parecer los objetos huían de mí, yo huía de la realidad, miraba hacia otro lado esperando que el problema desapareciera.

Una mañana me desperté sin manta en la cama, manta que jamás encontré, por supuesto. Ya no bastaba con desplazarme de habitación a habitación, era suficiente cerrar los ojos e introducirme en un mundo de sueños intranquilos para que algo desapareciera. 

Esa misma noche, tras un día en el que no fui a trabajar y vagué dando vueltas sin rumbo por la ciudad,  al volver, ya en la cama, apagué la luz, la encendí al oir una especie de susurro misterioso... y descubrí que había desaparecido una silla junto a mi cama. 

Normalmente nos suele asustar ver algo terrible, pero a mí me asustó ver ese vacío, tan rotundo y siniestro.

Empecé a respirar apresuradamente, con miedo a mirar todo lo que me rodeaba por si fuera la última vez que lo fuera a ver. Tenía miedo a fijar la vista en algo, tenía pánico a apagar la luz, a dejar de mirar, a dormirme... 

Un sudor frío me recorría la piel... todo mi cuerpo estaba tenso... Me levanté de la cama sin saber por qué. Fui corriendo, con el pasillo en penumbra, hacia el baño. Miré casi a oscuras mi reflejo en el espejo, contemplé mi cara asustada, desencajada de terror.

De repente mi reflejo sonrió aunque yo no lo hice. Tenía los ojos en blanco y una sonrisa siniestra que yo jamás había tenido. 

Parpadeé, y al volver a abrir los ojos, mi fantasmal reflejo había desaparecido. Primero me alivió, aquel ser horrible se había esfumado. Pero luego comprendí lo que había pasado: en el espejo ya no estaba él... porque tampoco estaba yo. 

Desaparecí.

martes, 15 de junio de 2010

Cuentos inconclusos (I)

Cuando uno cierra los ojos para intentar no ver nada, ve la oscuridad, y cuando uno se tapa los oídos para no escuchar nada, lo que hace es escuchar el silencio.

Érase una vez un hombre que había olvidado cómo se sonreía. Rebuscó entre sus recuerdos pero nada de lo que le hizo sonreír en otros tiempos ahora le provocaba el más mínimo atisbo de sonrisa. Buscó la compañía lejana de los niños del parque, observó atentamente sus juegos y cómo se divertían, pero la felicidad espontánea de la niñez no es contagiosa a un adulto, porque madurar en cierto modo significa ser inmune a la ingenuidad. Miró atentamente los programas de humor de la televisión, vio de qué se reía la gente, pero no surtió efecto. Del mismo modo, contempló con detenimiento cada fotograma de las principales comedias clásicas del cine, y aunque los encontró interesantes, nada parecía hacerle el efecto deseado: sonreír. 

Tras una mala noche, cabizbajo, se puso a caminar sin rumbo una mañana por la ciudad. 

Una brisa traviesa tropezó con él, acariciándole la mejilla. 

Y fue ese suave e inesperado cosquilleo el que hizo volver a sonreír al hombre.




viernes, 23 de abril de 2010

San Jorge


¡¡¡Felicidades, Jorge!!!

Hoy es tu santo, y como sé que eres un católico ejemplar, y un absoluto fiel y seguidor de todas las tradiciones cristianas, ¡¡¡¡te felicito!!!! 



Pero déjame que en lugar de regalarte una rosa y un libro, que es lo típico, te regale en primer lugar un jazmín, porque me gusta cómo huelen. Lo sé, es una flor típicamente femenina, pero me resbala completamente, a mí me trae recuerdos de noches de verano adolescente, de sudor pegajoso y húmedo mezclado con un poniente insoportable que ahora echo de menos -a veces-, de madrugadas solitarias, cuando todos duermen y el relajante cantar de los grillos se mezclaba con el lejano ladrido de algún perro de la urbanización. Y todas las estrellas que no aparecen en el cielo urbano eran perfectamente visibles allí, como si ellas también estuvieran de vacaciones. ¿Dónde van las estrellas cuando no es verano?



Y en lugar de regalarte un libro cualquiera, te doy un libro de esos falsos, huecos, para que dentro metas algo, no sé, una petaquita para echar un trago secreto, algún recuerdo antiguo -aunque no te veo yo muy de guardar diogenéticamente según qué cosas-, algún dibujo recién pintado de los tuyos, o simplemente el vacío, que hoy en día estamos tan saturados de todo, que hasta se agradece un pedazo de insípida Nada para que hagas con ella lo que te dé la real gana. Espero que metas el "libro" entre tus estantes, entre dos libros de título rimbombante a ser posible, para que pase absolutamente desapercibido. Y para que así, alguna de esas miradas que tanto se dan en las bibliotecas, tan promiscuas, saltando de libro en libro, no detecte ese refugio especial y pase de largo, como se pasa de largo ante esos mendigos que tocan música que nadie escucha.

Te imagino desenvolviendo el libro, mirando su título, poniendo cara de "¿por qué cojones  testículos me regala este libro a mí?", y tu gesto de sorpresa cuando vieras que el libro está vacío...

Y a lo mejor lo que harías entonces es guardar el jazmín dentro del libro con un poco de tierra de tu jardín privado, hasta que florecieran más y más :-) ¡Qué buena idea! Al fin y al cabo ambos sabemos que de un buen libro siempre surge alguna que otra raíz.



martes, 26 de enero de 2010

Muchacha en la ventana

Desde su cama se preguntó qué pasaría si al correr la cortina de su ventana como cada mañana hacía, se encontrara en otro mundo. La cortina al fin y al cabo es como el telón de un escenario. ¿Y si ese escenario cambiara de repente, sin previo aviso? Quizá necesitaba esa componente de sorpresa en su vida, de indeterminismo, de azar, en una palabra: de ilusión.

A lo mejor el murmullo, pausa, murmullo, pausa que ahora escuchaba desde la cama no era el tráfico dirigido por los semáforos. A lo mejor era el sonido de las olas del mar. A lo mejor al correr la cortina descubría que toda la ciudad había sido mágicamente trasladada al medio del océano, y el nivel del agua llegaba casi hasta la altura de su ventana. Sería una imagen inquietante, descubrir que las olas del mar rompen a escasos metros de donde uno vive, y contemplar cómo las viviendas y bloques de edificios cercanos están vacíos y abandonados. Pensó que a ella siempre le había dado más sensación de soledad una ciudad abandonada que un desierto.

Abriría la puerta de su casa para comprobar que el agua llegaba hasta el descansillo del piso inferior. Le bastaría bajar cuatro o cinco escalones para que sus pies notaran el agua. Quizá el ascensor le llevaría hasta una portería submarina, con los peces viviendo en los buzones, y escucharía ese hermoso y a la vez amenazante silencio que gobierna las profundidades marinas. Sí, sería fantástico volver arriba, abrir la ventana y respirar la brisa marina y el olor a sal y algas, escuchar las gaviotas sobrevolando el bosque de antenas de televisión que puebla la cumbre de cada edificio, y entonces saltar, caer sobre el agua e ir a nado al edificio más cercano, buceando por donde antes sólo había aire y vacío. Se dejaría llevar por las olas y alcanzaría un balcón con ropa tendida, y contemplaría desde allí su casa, como si fuera una isla en medio de la nada, sintiendo cómo el sol le hacía cosquillas en su piel mojada cuando evaporaba cada gota...

Muchacha en la ventana (Dalí, 1925)

Definitivamente podría quedarse un tiempo en aquel sitio, solitario aunque con cierto encanto misterioso, y al mismo tiempo peligroso y condenado a desaparecer en cuanto creciera demasiado la marea. Podría pescar directamente desde su ventana, lanzarse al vacío desde el ático, descansar en una cama que flotara por el mar y dejarse llevar un rato por la corriente. Sería fabuloso echarse una pequeña siesta en una especie de cama-barca bajo el sol, contemplar la antes transitada avenida desde las alturas, y ver los árboles agitándose suavemente bajo el agua. Bucearía y espiaría en cada ventana, se asomaría al interior de otras casas, quizá rebuscaría y cotillearía en álbumes de fotos ajenos que flotaran por ahí, y esperaría la noche subida sobre la estatua ecuestre del héroe local. Contemplaría una puesta de sol desde el campanario, y volvería a casa saltando de tejado en tejado....

Le había gustado tanto esa ensoñación que ahora hasta tenía cierto miedo de levantarse y correr la cortina... Y no lo hizo, porque, poco a poco, sin darse cuenta, se había quedado dormida de nuevo...

sábado, 19 de diciembre de 2009

Tres cuadros de Edgar Ende


Así es como se llamaba el padre del autor del maravilloso libro "La historia interminable", y curiosamente fue un destacado pintor surrealista. He estado mirando por curiosidad algunos de sus cuadros, y me gustan mucho, son misteriosos, oníricos, enigmáticos, inquietantes, en ocasiones demasiado tenebrosos quizá, sobre todo en su última época, pero en cualquier caso despiertan mi imaginación, que es lo único que yo le pido a un pintor, que me cuente una historia con sus lienzos.

Cuando contemplo una obra surrealista, me gusta, antes de conocer la posible interpretación "oficial" del cuadro -si es que la tiene- dejar volar la imaginación e inventar la historia que a mí me sugiere. Y esto es lo que voy a intentar hacer con tres obras de las muchas que tiene Edgar Ende y que podeis ver aquí... La primera simplemente son las preguntas que me hago al ver el cuadro, las otras dos son sobre dos obras muy parecidas, y que he pensado que podría enlazarlas mediante un relato.

Der gefesselte Sturm, 1965

¿Qué misterioso lugar es éste? Puedo ver una fila de cipreses, como en los cementerios. Y atado a una especie de gruesa columna, aparece un rostro rojo llorando amargamente... ¿es el Sol? ¿Quién le ha obligado a lucir delante de los cipreses? ¿Y por qué aparece un ciprés en el suelo? ¿Está llorando el Sol por el ciprés muerto, o llora por la tortura a la que le someten? Lo que me parece más inquietante del cuadro no son las lágrimas del Sol, las cuerdas que estiran terriblemente su piel deformando su rostro, o la soledad de los cipreses, ni siquiera el ciprés que yace muerto... sino que lo que verdaderamente me sobrecoge son las sillas... Misteriosas sillas de jardín desperdigadas aquí y allá... ¿qué clase de persona puede sentarse a contemplar tranquilamente una tortura como si de un espectáculo se tratara? Porque no son tronos de déspotas emperadores, ni son los asientos de un injusto tribunal, sino que son sillas de jardín... las mismas que usamos para pasar la tarde tranquilamente.

¿Por qué iba alguien a fijarse detenidamente en un rostro gigantesco llorando? ¿Está llorando realmente, o a lo mejor tan sólo sueña con algún recuerdo doloroso? ¿Los cipreses están de verdad ahí o son metáforas de algo? Se me ocurre que el cuadro en sí podría representar un día de tormenta... El Sol llora por no poder lucir como suele hacerlo, y se siente obligado a permanecer en segundo plano sin poder hacer nada, tapado por una fila de cipreses, que parece que caminen y que a lo mejor representan las alargadas formas de las nubes que cubren el sol un día de tormenta... una tras otra, van tapando al sol, como en procesión, el mismo tipo de procesión que se produce en un entierro: todos caminando detrás del muerto en fila... pero entonces, ¿qué quieren decir las sillas? ¿Abandonadas por personas que corrieron a guarecerse de la lluvia? Eso podría explicar el título del cuadro, que creo que significa "La tormenta atada". Pero no es la tormenta la que está atada, sino el Sol.. O igual puede traducirse por "el tormento"... No lo sé... ¡qué misterioso!

Zwiegespräch, 1933


-Buena señora, por favor, ¿no tendría vos para mí una limosna? Cansado me hallo de recorrer este mundo...
-Oh, ¡no! ¡Aléjese de aquí! Yo no tengo nada para usted...

-Disculpe, hermosa dama. Mi última intención fue acaso perturbar su calma y quietud. Mas, ¿podría usted por favor responderme a una pregunta? Desde que la vi a lo lejos, allí en ese muro, encarcelada con los que presupongo son sus cuatro vástagos, me pregunté cuáles serían las causas que pueden llevar a alguien a encontrarse en esa situación...
-¡De acuerdo! Una limosna pedía usted y aquí la tiene... ¡contarle mi historia, relatarle por qué me hallo así, será mi regalo hacia usted! Verá... Efectivamente, éstos son mis tres hijos y mi hija... Nacidos son de mis entrañas, y como tales, parte de mi ser y de mi alma son... Amor es lo que siento hacia ellos, y si alguno de ellos me faltara, parte de mi vida se iría para siempre con él.... Es por eso que yo como madre protectora, no voy a permitir que ningún mal cause dolor a mis hijos, y ésa y no otra es la razón por la que los protejo del mundo con una barrera infranqueable, que nada ni nadie puede destruir. Así me aseguro que mis hijos no conocerán el sufrimiento y que, al mismo tiempo, no podrán separarse de mí, alimentándome con su cariño y ternura...
-Oh, ¡loable es su intención, protectora dama! Mas, permítame seguir conversando con usted. ¿No cree acaso que, si bien así consigue su objetivo, al mismo tiempo está procurando, sin quererlo, que su descendencia no conozca otro mundo mas que el de la jaula o prisión en la que viven? Cierto es que evitan así la oscuridad del mundo, pero ¿no tendrán una visión sesgada de la realidad en ese caso? Seguro estoy que, inteligente como es usted, sabrá que el mundo se compone de luz y tinieblas, y que una de la otra se alimentan inexorablemente... Nadie puede huir del dolor indefinidamente, eso sería no conocer la vida en su profundidad. Pues es precisamente la tristeza la que nos hace amar más intensamente la felicidad.

-Puedo entender su actitud, pero en algo se equivoca: que mis hijos estén junto a mí de esta forma no es una decisión mía. Nunca he sabido quién construyó este muro alrededor nuestro. Yo misma no fui... aunque quizá mi memoria falle y sí que fui la creadora de esta barrera y ahora no quiera admitirlo, o lo hice de manera involuntaria... Una tarde paseando con mis hijos por aquí, agotados de tanto correr y jugar, decidimos descansar apoyados en este muro. La tranquilidad de tener a los cuatro a mi alrededor, seguros, protegidos, me relajó y acabé dormida, deseando intensamente que esta seguridad jamás desapareciera. Yo sólo sé que al despertar, el muro ya estaba ahí... Pero he de explicarle algo: Lo que usted ve como una condena hacia mis hijos, yo lo interpreto como una bendición. ¿A quién no le gusta estar rodeado de amor? Además, así puedo protegerles de todas las bestias que pueblan el mundo........... como ese león que, por cierto, a sus espaldas yace... ¿o es que se piensa que no lo he visto? Por eso contesté quizá algo exaltada al principio... No le tengo miedo, sé que aquí estamos seguros, pero no deja de inquietarme que trate de ocultarlo detrás suyo...

-¡Oh, no! Lamento decirle que está usted equivocada. Este león que acostado está detrás mío, efectivamente me acompaña a todas partes, pero no pretendo atacarla. Viajero soy y recorrido he centenares de tierras y reinos diferentes y salvajes. Al contrario que sus hijos, mis ojos han visto demasiado mundo, y he de admitir que demasiada es la negrura que puebla este universo y que ahora forma parte de mí... Es por eso que, si bien usted opta por defender a sus hijos mediante un muro, yo elegí tiempo ha caminar por esta vida con un león que atacara a todo aquel que me provocase temor. En ocasiones me ha traído problemas, pues su fuerza y coraje despiertan en el menos oportuno de los momentos, y eso me hace excesivamente desconfiado ante la vida, pero no conozco otro modo de pisar este planeta que no sea atacando con fuerza toda posible amenaza incluso antes de que se convierta en real peligro.

-¡Oh, qué casualidad! Fíjese usted que tanto vos como yo actuamos en cierto modo de manera opuesta ante la vida: yo me protejo, usted ataca. Yo no me muevo jamás, usted no tiene hogar y viaja aunque no quiera. Mi poder es una férrea defensa, el suyo un fiero ataque. Y usted, permítame decirlo, conoce la soledad; mientras que yo rodeada siempre estaré de cierto modo de cariño y armonía a la que nada perturba ni altera...

-¡En verdad parecidos somos, pues! Es por eso que no ha de preocuparse, atacarla a usted sería como atacarme a mí mismo en cierto modo. Así que ahora, dulce dama, permítame despedirme de vos. En otra ocasión futura seguro estoy que gozaremos de un nuevo y enriquecedor diálogo que a ambos nos agradará...

-Vaya usted con Dios... Parta hacia caminos donde la ventura espero le sonría... ¡Adiós!

-Adiós... y gracias...

Die Begegnung, 1933


Mucho tiempo después...

-¡Buenas tardes!

-¡Buenas tardes, caballero que recorre este camino envuelto en una túnica blanca! ¿Desea algo?

-Oh, ¿acaso no me recordais?

-Francamente no, ¿debería acaso? Pocos son los aventureros que se detienen ante nosotros para conversar... La mayoría se alejan por nuestro singular aspecto.

-¡Entiendo! Seguramente no me recordais porque fue hace muchos años ya cuando tuve el honroso placer de dialogar con vuestra madre durante unos instantes. En este mismo muro se hallaba, rodeada por sus hijos, a los que impedía acceder al mundo y al mismo tiempo protegía de todos los males.

-¡Nosotros somos esos hijos! Crecido hemos junto a este muro, y de otra manera no sabemos vivir... Nos aterroriza despegarnos de la seguridad de estas paredes estables que ya forman parte de nosotros, o nosotros de ellas, y que el tiempo no altera. Además, muy cómodos nos encontramos viviendo así, la verdad.  Mas, dígame, ¿qué recuerda de nuestra madre? Feliz me hallaré si nos recordara cómo era....

-Era una mujer bella y firme en sus decisiones. De agradable verbo y recta determinación. Más algo no entiendo bien... Si mi memoria no me falla, que bien pudiera ser debido a mi avanzada edad, cuatro y no tres eran los pequeños que a su alrededor siempre rondaban... ¿Dónde se halla vuestro hermano?

-Oh, ¡tristes recuerdos despiertan en mí sus palabras! Nuestro hermano falleció amargamente... ansiaba escapar del muro, días enteros pasaba mirando a los cielos y al horizonte, preguntándose en silencio cómo era el mundo más allá de estas paredes... jamás expresó a nuestra querida madre sus inquietudes por temor a su reacción, aunque sí nos comentaba a nosotros, en alguna ocasión, bajo alguna perdida noche estrellada, cuáles eran sus anhelos mientras nuestra madre dormía... Una mañana encontramos su cuerpo carente de vida, muerto por la peor y más temible de las enfermedades: la pena... Nuestro hermano consiguió por fin una manera de viajar, la única posible en su situación: abandonando la vida... Y tras él se fue, rota de dolor, nuestra amada madre... Incapaz de soportar la pérdida, poco a poco su cuerpo fue perdiendo todo rescoldo de alegría y terminó sus días tristemente, entendiéndose fracasada y vacía en su misión de protegernos a todos... dejándonos a nosotros a nuestra suerte, muy a su pesar...

-¡Afligido en demasía me hallo al escuchar semejantes noticias! ¡Jamás pensé que justamente la intención de vuestra madre acabara desembocando precisamente en aquello que esperaba con todas sus fuerzas que no ocurriera! Doble fue, pues, su error: perder a un hijo y abandonar a los otros tres... Aunque yo ya le advertí en aquella ocasión que aquel muro quizá no era lo más conveniente para sus hijos...

-Ella nos habló en muchas ocasiones de usted y de la amigable charla que mantuvieron... Nos dijo que en el fondo ambos eran muy parecidos... Le recordaba alegremente, aunque también nos habló de un fiero león que le acompañaba en sus viajes y que a su lado ahora no vemos...

-Sí que está a mi lado... pero no lo pueden ver... Los ataques de mi león hacia el mundo, y por tanto los míos, se volvieron tan fuertes que no distinguían entre las víctimas... al final eran tan frecuentes e incontrolables que el león mutó su forma y acabó convirtiéndose en algo más cercano a mí, esta sábana que mi cuerpo cubre, esta inútil suerte de armadura blanca que ya no puedo distinguir de mi otrora hermosa piel... Gracias a ella he podido seguir viajando por el mundo a salvo de todo peligro... sin saber que de verdad el peligro está en su interior...
-Lamento decepcionaros, honroso viajero... Pero si algo hemos aprendido mis hermanos y yo desde nuestra rígida posición es a analizar infinitamente todo lo que a nuestro lado mora... y siento comunicarle, que, pese a que esté orgulloso de sus andanzas por el mundo, de nada le han servido si no es capaz de contemplar a su alrededor... ¿Ve aquel árbol detrás suyo? Frondosas eran sus ramas cuando nosotros éramos niños, quizá lo recuerde... y raquíticas se han vuelto con el paso del tiempo... pareciera que el árbol ha envejecido, pero no es así, es precisamente al contrario... Sus desorientados sentidos ya no le permiten darse cuenta que ese árbol retrocede en el tiempo y terminará sus días como una diminuta semilla... Es por eso que le informo que su manera de viajar por el mundo, atacando inexorablemente todo lo que se interponga en su camino, de nada le ha servido si no es capaz de entender ni siquiera lo que le rodea... En el punto de partida se encuentra, lamento comunicarle.
-¿Quiere usted decir que ese árbol en lugar de envejecer rejuvenece? ¡Oh! ¡Eso es imposible! En mi vida he visto algo así...
-Lo sé, pero seguro me hallo de mis afirmaciones... Y para ello me han ayudado mis dos hermanos aquí presentes... Mi hermana, extasiada en el equilibrio perfecto que produce la quietud y la extrema soledad, sujeta un instrumento sin moverlo desde hace años... Enmudeció voluntariamente, se convirtió en una hermosa estatua, aislada del mundo... temo por ella, nadie puede distinguir ya si está viva o no... y mi hermano, con el pergamino de la Ley entre sus dedos, la Ley que nunca cambia y al mismo tiempo siempre es distinta: el Tiempo, el verdadero Juez de la vida... Y míreme a mí, ¡dispuesto a apedrear a todo el que se acerque con ávidas intenciones! Si de algo podemos estar seguros los tres hermanos juntos y combinados: la Soledad, el Tiempo y el Orgullo, es del ínfimo fragmento de universo que aquí nos rodea...
-¡Qué tristeza embarga ahora, en este momento, mi alma, tras escuchar sus palabras! ¡Ni vuestra extrema defensa ni mis fieros ataques deambulando por el mundo, ni la carencia de libertad ni el libre y caótico albedrío permiten a las personas realmente encontrarse a gusto consigo mismas! ¿Cuál será pues el camino a seguir?