sábado, 25 de septiembre de 2010

Dos imágenes

Soy incapaz de decidir cuál de estas dos imágenes (de Ana Juan y Marcos Torres respectivamente) me gusta más. Me quedo embobado mirándolas e imaginando historias.....  Así que, bien pensado, ¿por qué decidir? Me quedo con las dos.



miércoles, 22 de septiembre de 2010

Cuentos inconclusos (II)

Todo comenzó una mañana cualquiera. Estaba en el despacho, escribiendo un informe en el portátil, con una taza de café al lado. Me levanté para ir al baño, volví... y la taza había desaparecido. Pese a estar seguro de no haberla cogido para ir al baño (¿qué sentido tenía?), fui a buscarla al baño, y obviamente no la encontré. Me extrañó, me sorprendió, incluso me asustó un poco, primero por no ser capaz de recordar si había hecho algo tan simple como coger o no coger un objeto, y más tarde porque al mirar la posición donde estaba la taza en la mesa, al ver la evidencia de ese espacio vacío, no quedaba ninguna duda de que no lo había imaginado.

Tampoco tenía tiempo para pensar demasiado, recuerdo que fue una época de demasiado ajetreo laboral, y no podía permitirme el lujo de detenerme a pensar en nada. Lo consideré un hecho aislado e inexplicable como tantos otros. Si la taza no aparecía, es porque no deseaba ser encontrada, ya aparecería.

Y no habría pasado de ser una simple anécdota que a todos nos suele pasar si no fuera porque jamás encontré la taza, y sobre todo porque en días posteriores, fueron desapareciendo multitud de objetos de mi casa, y siempre en la misma situación: estaba realizando alguna tarea, iba de una habitación a otra, y al volver, había desaparecido algo... un bolígrafo. Un reloj de pulsera. Unas monedas. Un cenicero, una manzana medio mordida, un periódico.... todo en aproximadamente una semana o diez días.

Pese a sentirme inquieto, decidí no darle demasiadas vueltas, no pensar en algo que no tiene explicación del mismo modo que ya no pienso en Dios o en el origen del Universo. O quizá fue miedo a no admitir que algo sobrenatural estaba sucediendo en mi casa, ante mis propias narices. Supongo que fue una forma de huir. Del mismo modo que al parecer los objetos huían de mí, yo huía de la realidad, miraba hacia otro lado esperando que el problema desapareciera.

Una mañana me desperté sin manta en la cama, manta que jamás encontré, por supuesto. Ya no bastaba con desplazarme de habitación a habitación, era suficiente cerrar los ojos e introducirme en un mundo de sueños intranquilos para que algo desapareciera. 

Esa misma noche, tras un día en el que no fui a trabajar y vagué dando vueltas sin rumbo por la ciudad,  al volver, ya en la cama, apagué la luz, la encendí al oir una especie de susurro misterioso... y descubrí que había desaparecido una silla junto a mi cama. 

Normalmente nos suele asustar ver algo terrible, pero a mí me asustó ver ese vacío, tan rotundo y siniestro.

Empecé a respirar apresuradamente, con miedo a mirar todo lo que me rodeaba por si fuera la última vez que lo fuera a ver. Tenía miedo a fijar la vista en algo, tenía pánico a apagar la luz, a dejar de mirar, a dormirme... 

Un sudor frío me recorría la piel... todo mi cuerpo estaba tenso... Me levanté de la cama sin saber por qué. Fui corriendo, con el pasillo en penumbra, hacia el baño. Miré casi a oscuras mi reflejo en el espejo, contemplé mi cara asustada, desencajada de terror.

De repente mi reflejo sonrió aunque yo no lo hice. Tenía los ojos en blanco y una sonrisa siniestra que yo jamás había tenido. 

Parpadeé, y al volver a abrir los ojos, mi fantasmal reflejo había desaparecido. Primero me alivió, aquel ser horrible se había esfumado. Pero luego comprendí lo que había pasado: en el espejo ya no estaba él... porque tampoco estaba yo. 

Desaparecí.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Caja ¿tonta?

Si la televisión es entretenimiento, a mí no me entretiene.


Si intento ver alguna película, está llena de anuncios, acabo asqueado, cabreado y cambio de cadena. Si no tiene anuncios, se me hace excesivamente larga, por mucho que me guste. No puedo beber algo, ni ir al baño, tendría que proveerme de comida y bebida y sentarme en el WC para verla...

Si veo algún informativo, o bien está lleno de sanguinarios sucesos que siempre llaman la atención pero acaban inmunizando contra el horror, o bien son demasiado tendenciosos. En este caso, si opinan como yo, me tratan como un imbécil porque me dicen lo que quiero oir, y eso me molesta. Y si no opinan como yo, me tratan también como un imbécil por ser distinto a ellos.

Si veo algún debate político o de actualidad, veo gente interesada únicamente en defender su postura y quedar bien delante de la audiencia. Son yonquis del aplauso, no hay cosa que más me moleste que estar viendo un debate y que cada tres frases algún estúpido regidor obligue al público a aplaudir cuando alguien dice algo acorde a la política de la cadena. Me fijo más en la gente moderada, que no grita ni interrumpe y que seguramente no vuelva la próxima semana porque no da espectáculo. Con esos programas sólo se consigue crear gente no fiel, sino obsesionada con sus ideas y que, independientemente de si tienen razón, no comparten las diferencias. Siempre hay que dejar la puerta abierta a si nos equivocamos, y lo dice alguien tremendamente cabezón.

Si veo algún documental de animales (me encantan), me entretengo, sí... pero a veces parecen películas, donde dotan al animal en cuestión de sentimientos que no tiene, o donde se fuerzan las situaciones para que parezca interesante. Pero bueno, siempre me quedo a verlos. 

Si veo corazón, acabo por no enterarme de nada. Me pierdo en los árboles genealógicos, aunque luego todos estén relacionados con todos de alguna forma. Me asquea también cómo hunden a la gente para luego ensalzarla y acto seguido volverla a hundir, todo porque la audiencia busca el conflicto. Aún así, me gustan las discusiones absurdas, creo que aportan buen humor si se saben ver desde la distancia.

Si veo telerrealidad, me engancho, lo reconozco. Me gusta ver cómo se comporta la gente, aunque echo de menos lo que haría un grupo de gente real: hablar de diversos temas. Sólo hablan de sí mismos, de sus relaciones con el resto de concursantes. Nadie expone sus puntos de vista sobre algún tema social o político (y cuando lo hacen, cortan). Reconozco que me gusta ver cómo discuten, me hace gracia que se enfaden por motivos absurdos, me hace pensar en lo simples que somos todos en el fondo. Yo desde luego no serviría para entrar en un programa así.

Tampoco me gusta la gente que critica la telebasura. Me considero consumidor habitual de la misma (qué remedio...), aunque en grandes dosis me agota. Si estoy cansado o me apetece desconectar, no hay nada como un programa absurdo cargado de discusiones o superficialidad. Hay tiempo para leer, ver buen cine o escuchar música, por tanto debe haber tiempo también para lo contrario. Yo creo que el ser humano tiene una parte absurda que, por qué no, hay que cultivarla un poco aunque sea para desintoxicarse.

Lo malo es que antes en la tv estaba más o menos equilibrado, pero ahora no. En fin, cada vez más canales en la TDT que sólo sirve para gastar más tiempo haciendo zapping... Es un complot de los fabricantes de pilas, para que gastemos el mando...

viernes, 30 de julio de 2010

Mind Pump


Cuando uno ve una foto suya (es decir, en la que aparece, no tomada por él), inmediatamente trata de recordar -sin darse cuenta- qué pasó instantes antes de que la foto fuera tomada. Necesitamos de alguna forma contextualizarla, añadirle significado, crear una breve historia alrededor. 

El parecido entre la historia que evocamos en nuestra mente y lo que realmente sucedió podrá ser más o menos elevado, pero no es lo importante. De hecho aunque los recuerdos sean falsos, aparecerán en nuestra mente como ciertos. 

Se hizo un experimento hace años acerca de esto mismo. A una serie de personas, que se presentaron voluntariamente para el experimento, se les pidieron fotos de su infancia temprana, de una época en la que tenían muy pocos años de edad, de manera que todo lo que sabían sobre lo que aparecía en las fotos se lo había contado sus familiares, y al cabo de unos meses (para que olvidaran los detalles de las fotos), se les citó para que describieran las fotos, mientras las veían delante de un grupo de psicólogos. Lo que ellos no sabían es que algunas de las fotos habían sido manipuladas (el escenario era otro, alguna persona que antes aparecía ya no estaba -o al revés-, o algún detalle había sido cambiado deliberadamente), y curiosamente las personas del experimento, al describir las fotos falsas creaban recuerdos inventados de manera asombrosamente rápida y elaborada, justificando involuntariamente las diferencias, haciendo coherente el contenido de la foto de acuerdo a su lógica mental y a sus recuerdos. Incluso cuando se les preguntaba: "¿qué hacía contigo aquel día este familiar tuyo que aquí aparece?" (y que en realidad nunca estuvo allí), las personas respondían mayoritariamente, sin titubear, con una historia bastante compleja que habían desarrollado en apenas unos breves segundos, conectando recuerdos verdaderos para crear otro falso. Tan sólo unos pocos, muy pocos, detectaron la manipulación de las fotos, y además lo hicieron enseguida. Es decir, o te das cuenta de una mentira "gráfica" enseguida, o la intentas asimilar al instante y la justificas y entonces pasa a ser cierta. Por supuesto al final del experimento se les dijo qué cosas habían sido manipuladas :-)

¿Hasta qué punto todo lo que recordamos es real y pasó de verdad? ¿Y hasta qué punto necesitamos hacer real lo que recordamos, especialmente cuando vemos una foto?

Incluso cuando contemplamos una foto en la que no aparecemos, o nada de lo que aparece tiene relación con nosotros y por tanto no podemos interiorizarla ni evocar ningún recuerdo personal, intentamos imaginarnos una breve historia. Recuerdo una vez, en una tienda de antigüedades, que había un montón de fotos antiguas abandonadas en una caja. No se sabe a quién pertenecían. Estaban todas en blanco y negro, e iban acompañadas de unas cartas. Habían pertenecido a un funcionario de correos, que guardaba algunas de las cartas que nadie quería o que eran devueltas, por haber escrito mal la dirección, por algún cambio de domicilio o cualquier otro motivo. Eran cartas, fotos, postales, que nunca llegaron a su destino, hace más de 50 años, y era curioso contemplar las fotos (no me dio tiempo a leer ninguna carta, aunque sí que recuerdo el papel quebradizo y amarillento, la letra historiada en ocasiones, ininteligible en otras, y el aroma a papel viejo y gastado). Eran fotos de comuniones, celebraciones, reuniones familiares, bodas, o simplemente gente pasando el rato. Era curioso ver a todas esas personas a las que faltaba el color y la realidad, mirándome frente a frente, serias o sonriendo, y de alguna forma solicitando que les diera valor, validez, que creara una historia para ellos, historia que no creó la persona a la que iban destinadas, que nunca las vió ni las verá. Eran momentos inmortalizados para nada, y que de alguna forma no sólo habían quedado atrapados en el tiempo, sino también en la imaginación.



De los tres medios que mayoritariamente empleamos para "entretenernos", es decir: leer, ver imágenes y ver películas, obviamente es la lectura la que más nos ayuda a desarrollar la imaginación. Por muy detallada que sea la descripción de un personaje, siempre le añadimos nuestras vivencias, nuestras experiencias y recuerdos en forma de imagen, de manera que hay tantos Quijotes, Aurelios Buendía, o Hamlets como personas lo han leído. Cuando vemos una foto, la imaginación sufre cierto revés. La literatura no alcanza a describirlo todo, de manera que si leemos en un libro la descripción de una mujer pero no nos comentan nada sobre el color de su vestido, cogeremos el que más cómodo nos resulte, o uno cualquiera. En una foto no: el color de su vestido está claro (o al menos su tonalidad, si es en blanco y negro). Nos falta imaginarnos su voz, su manera de andar, de moverse, de gesticular.... detalles que aparecen en una película. Quizá por eso las películas -algunas- sean de fácil y mayoritario consumo hoy en día: son las que menos estimulan la imaginación (¡al menos aparentemente!). La literatura nos permite describir los sentimientos de una manera muchísimo más detallada e interior, cosa que en el cine puede expresarse con una mirada o un gesto, sin que nos digan los personajes "estoy triste, estoy alegre". 200 páginas se pueden resumir en un fotograma, sin que por ello un medio sea superior a otro.

De todas formas, ¿es realmente útil "muscular" la imaginación? ¿Sirve realmente para algo?

Hagamos la prueba:

Una mujer decide prepararse un baño en su casa. Abre los grifos de la bañera, y al salir del baño se detiene unos instantes delante del espejo, y se mira brevemente, sin casi detenerse. Pasado un rato, después de vestirse, busca uno de los dos zapatos que quiere usar (el otro se lo acaba de poner), y tras unos momentos de búsqueda lo encuentra. De repente, se da cuenta de algo importante al escuchar un murmullo de agua procedente del baño: se ha dejado los grifos abiertos... y ni siquiera se ha bañado. Se le olvidó. Momentos después, sale a pasear por la ciudad, y por su mente aparecen pensamientos extraños que la asustan. Camina sin rumbo, sin estar realmente pendiente de lo que le rodea. Su mundo interior poco a poco devora al mundo exterior, y a cada paso que da, siente un extraño miedo. Se rasca la nariz, el pelo, el hombro. Sus manos van y vienen de su cabeza, arañan su piel. Son tímidos intentos de lo que realmente quiere hacer: lo que en realidad desea es arrancarse el cerebro.

Y ahora la peli:




¿Qué os ha parecido? ¿Habíais imaginado más o menos cosas al leer? ¿Qué detalles cambian? 

martes, 15 de junio de 2010

Cuentos inconclusos (I)

Cuando uno cierra los ojos para intentar no ver nada, ve la oscuridad, y cuando uno se tapa los oídos para no escuchar nada, lo que hace es escuchar el silencio.

Érase una vez un hombre que había olvidado cómo se sonreía. Rebuscó entre sus recuerdos pero nada de lo que le hizo sonreír en otros tiempos ahora le provocaba el más mínimo atisbo de sonrisa. Buscó la compañía lejana de los niños del parque, observó atentamente sus juegos y cómo se divertían, pero la felicidad espontánea de la niñez no es contagiosa a un adulto, porque madurar en cierto modo significa ser inmune a la ingenuidad. Miró atentamente los programas de humor de la televisión, vio de qué se reía la gente, pero no surtió efecto. Del mismo modo, contempló con detenimiento cada fotograma de las principales comedias clásicas del cine, y aunque los encontró interesantes, nada parecía hacerle el efecto deseado: sonreír. 

Tras una mala noche, cabizbajo, se puso a caminar sin rumbo una mañana por la ciudad. 

Una brisa traviesa tropezó con él, acariciándole la mejilla. 

Y fue ese suave e inesperado cosquilleo el que hizo volver a sonreír al hombre.