miércoles, 10 de noviembre de 2010

Sobre viajes y fracasos


El silencio es la única palabra común a todos los idiomas




Primero sentimos. 

Luego pensamos cómo expresar lo que sentimos. Y en el camino de la expresión, nos dejamos muchas cosas. Quizá nos distraigamos en ese extraño viaje mental, del mismo modo que un niño mira curiosamente por la ventana de un coche cada objeto que desfila ante él, o como el viajero que está sentado en un tren y deja la mirada perdida mientras el paisaje le cuenta una historia que no escucha. ¿Son las vías del tren los renglones de un misterioso libro narrado por el paisaje? 

En definitiva, primero sentimos, luego pensamos... Y después de pensar, expresamos. Y también al expresar nos dejamos algunos detalles por el camino, los malgastamos, los transformamos en gestos o miradas o tonos de voz. Y la mayor parte de estos sucedáneos de palabras, aunque aportan información, también añaden ruido que despista al mensaje, lo distrae, lo transforma, lo corrompe.

Toda comunicación está condenada al fracaso desde su inicio. La prueba está en este mismo artículo: no tiene absolutamente nada que ver lo que quería decir inicialmente con lo que realmente he acabado diciendo.

Y sin embargo, de alguna forma, funciona. O no.

sábado, 23 de octubre de 2010

Los hermanos Collyer

Los hermanos Homer y Langley Collyer vivieron en el nº2078 de la Quinta Avenida de Nueva York a mediados del siglo pasado.

Durante su juventud llevaron una vida relativamente normal para la época: Homer estudió Derecho y Langley era ingeniero además de aficionado a tocar el piano. Vivían juntos, y cuando murieron sus padres, heredaron una fortuna que les permitió vivir de manera más o menos holgada durante la Gran Depresión. 


Langley Collyer 

En 1932, Homer Collyer, desgraciadamente, se quedó ciego, y decidió no salir nunca jamás de casa. Su hermano le cuidaba, pasando gran parte del tiempo con él. Muy afectado por la ceguera de su hermano, decidió recopilar toda clase de periódicos, revistas y publicaciones para que las leyera si algún día recobraba la vista.

Langley ataba con cuerdas todas las revistas, las apilaba y las guardaba en casa, formando auténticos muros que poco a poco fueron llegando hasta el techo. Pero la obsesión de Langley fue creciendo hasta el punto que de noche recorría los basureros recopilando todo tipo de libros para llevarlos a casa y acumularlos sin sentido. Sin embargo, pronto empezó a acumular cualquier clase de objetos. 

Toda esta situación llamó pronto la atención del vecindario, y también de los medios, que crearon toda suerte de leyendas acerca de lo que atesoraban los hermanos en su vivienda. Debido a la presión, los Collyer cortaron el teléfono, desconectaron el timbre y sellaron las ventanas de su casa. 


Con el tiempo, se les cortó el suministro de agua, electricidad y gas. Langley iba a por agua de noche a un parque vecino, e instaló la dinamo del antiguo coche de su padre en el comedor de su casa para hacer de generador eléctrico. También situó trampas en casa para que los posibles intrusos fueran sepultados por escombros en el caso de que intentaran entrar.

En la primavera de 1947, la policía local recibió una llamada  denunciando que algo extraño sucedía en la vivienda de los Collyer, que no se oía nada desde hacía unos días. La policía encontró en la casa el cadáver del hermano paralítico, y una semana después, tras una compleja y pesada búsqueda, encontraron el otro cadáver sepultado bajo una montaña de periódicos. Al parecer, mientras intentaba llevarle la cena a su hermano ciego (que murió de inanición), cayó en una de sus propias trampas.


Se extrajeron más de 100 toneladas de basura de la vivienda. Encontraron de todo: paraguas, bicicletas, cajas, cofres, lámparas, maniquíes, cuadros, 25000 libros (la mayoría de Derecho y Medicina), alfombras, relojes, instrumentos musicales (10 pianos y un clavicordio entre ellos), partituras en Braille, trenes de juguete, una piragua que perteneció a su padre, frascos con vísceras humanas, instrumental clínico, un antiguo aparato de rayos X, la mandíbula de un caballo.... Algunos de los objetos fueron subastados, obteniéndose menos de 2000$ de la época entre todos los objetos.

La casa de los Collyer fue derruida. Actualmente, en la manzana donde se encontraba la casa (llamada Parque de los Hermanos Collyer) hay una torre de viviendas de protección oficial y doce sicomoros que protegen con su sombra a los viandantes que por allí pasean.


sábado, 25 de septiembre de 2010

Dos imágenes

Soy incapaz de decidir cuál de estas dos imágenes (de Ana Juan y Marcos Torres respectivamente) me gusta más. Me quedo embobado mirándolas e imaginando historias.....  Así que, bien pensado, ¿por qué decidir? Me quedo con las dos.



miércoles, 22 de septiembre de 2010

Cuentos inconclusos (II)

Todo comenzó una mañana cualquiera. Estaba en el despacho, escribiendo un informe en el portátil, con una taza de café al lado. Me levanté para ir al baño, volví... y la taza había desaparecido. Pese a estar seguro de no haberla cogido para ir al baño (¿qué sentido tenía?), fui a buscarla al baño, y obviamente no la encontré. Me extrañó, me sorprendió, incluso me asustó un poco, primero por no ser capaz de recordar si había hecho algo tan simple como coger o no coger un objeto, y más tarde porque al mirar la posición donde estaba la taza en la mesa, al ver la evidencia de ese espacio vacío, no quedaba ninguna duda de que no lo había imaginado.

Tampoco tenía tiempo para pensar demasiado, recuerdo que fue una época de demasiado ajetreo laboral, y no podía permitirme el lujo de detenerme a pensar en nada. Lo consideré un hecho aislado e inexplicable como tantos otros. Si la taza no aparecía, es porque no deseaba ser encontrada, ya aparecería.

Y no habría pasado de ser una simple anécdota que a todos nos suele pasar si no fuera porque jamás encontré la taza, y sobre todo porque en días posteriores, fueron desapareciendo multitud de objetos de mi casa, y siempre en la misma situación: estaba realizando alguna tarea, iba de una habitación a otra, y al volver, había desaparecido algo... un bolígrafo. Un reloj de pulsera. Unas monedas. Un cenicero, una manzana medio mordida, un periódico.... todo en aproximadamente una semana o diez días.

Pese a sentirme inquieto, decidí no darle demasiadas vueltas, no pensar en algo que no tiene explicación del mismo modo que ya no pienso en Dios o en el origen del Universo. O quizá fue miedo a no admitir que algo sobrenatural estaba sucediendo en mi casa, ante mis propias narices. Supongo que fue una forma de huir. Del mismo modo que al parecer los objetos huían de mí, yo huía de la realidad, miraba hacia otro lado esperando que el problema desapareciera.

Una mañana me desperté sin manta en la cama, manta que jamás encontré, por supuesto. Ya no bastaba con desplazarme de habitación a habitación, era suficiente cerrar los ojos e introducirme en un mundo de sueños intranquilos para que algo desapareciera. 

Esa misma noche, tras un día en el que no fui a trabajar y vagué dando vueltas sin rumbo por la ciudad,  al volver, ya en la cama, apagué la luz, la encendí al oir una especie de susurro misterioso... y descubrí que había desaparecido una silla junto a mi cama. 

Normalmente nos suele asustar ver algo terrible, pero a mí me asustó ver ese vacío, tan rotundo y siniestro.

Empecé a respirar apresuradamente, con miedo a mirar todo lo que me rodeaba por si fuera la última vez que lo fuera a ver. Tenía miedo a fijar la vista en algo, tenía pánico a apagar la luz, a dejar de mirar, a dormirme... 

Un sudor frío me recorría la piel... todo mi cuerpo estaba tenso... Me levanté de la cama sin saber por qué. Fui corriendo, con el pasillo en penumbra, hacia el baño. Miré casi a oscuras mi reflejo en el espejo, contemplé mi cara asustada, desencajada de terror.

De repente mi reflejo sonrió aunque yo no lo hice. Tenía los ojos en blanco y una sonrisa siniestra que yo jamás había tenido. 

Parpadeé, y al volver a abrir los ojos, mi fantasmal reflejo había desaparecido. Primero me alivió, aquel ser horrible se había esfumado. Pero luego comprendí lo que había pasado: en el espejo ya no estaba él... porque tampoco estaba yo. 

Desaparecí.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Caja ¿tonta?

Si la televisión es entretenimiento, a mí no me entretiene.


Si intento ver alguna película, está llena de anuncios, acabo asqueado, cabreado y cambio de cadena. Si no tiene anuncios, se me hace excesivamente larga, por mucho que me guste. No puedo beber algo, ni ir al baño, tendría que proveerme de comida y bebida y sentarme en el WC para verla...

Si veo algún informativo, o bien está lleno de sanguinarios sucesos que siempre llaman la atención pero acaban inmunizando contra el horror, o bien son demasiado tendenciosos. En este caso, si opinan como yo, me tratan como un imbécil porque me dicen lo que quiero oir, y eso me molesta. Y si no opinan como yo, me tratan también como un imbécil por ser distinto a ellos.

Si veo algún debate político o de actualidad, veo gente interesada únicamente en defender su postura y quedar bien delante de la audiencia. Son yonquis del aplauso, no hay cosa que más me moleste que estar viendo un debate y que cada tres frases algún estúpido regidor obligue al público a aplaudir cuando alguien dice algo acorde a la política de la cadena. Me fijo más en la gente moderada, que no grita ni interrumpe y que seguramente no vuelva la próxima semana porque no da espectáculo. Con esos programas sólo se consigue crear gente no fiel, sino obsesionada con sus ideas y que, independientemente de si tienen razón, no comparten las diferencias. Siempre hay que dejar la puerta abierta a si nos equivocamos, y lo dice alguien tremendamente cabezón.

Si veo algún documental de animales (me encantan), me entretengo, sí... pero a veces parecen películas, donde dotan al animal en cuestión de sentimientos que no tiene, o donde se fuerzan las situaciones para que parezca interesante. Pero bueno, siempre me quedo a verlos. 

Si veo corazón, acabo por no enterarme de nada. Me pierdo en los árboles genealógicos, aunque luego todos estén relacionados con todos de alguna forma. Me asquea también cómo hunden a la gente para luego ensalzarla y acto seguido volverla a hundir, todo porque la audiencia busca el conflicto. Aún así, me gustan las discusiones absurdas, creo que aportan buen humor si se saben ver desde la distancia.

Si veo telerrealidad, me engancho, lo reconozco. Me gusta ver cómo se comporta la gente, aunque echo de menos lo que haría un grupo de gente real: hablar de diversos temas. Sólo hablan de sí mismos, de sus relaciones con el resto de concursantes. Nadie expone sus puntos de vista sobre algún tema social o político (y cuando lo hacen, cortan). Reconozco que me gusta ver cómo discuten, me hace gracia que se enfaden por motivos absurdos, me hace pensar en lo simples que somos todos en el fondo. Yo desde luego no serviría para entrar en un programa así.

Tampoco me gusta la gente que critica la telebasura. Me considero consumidor habitual de la misma (qué remedio...), aunque en grandes dosis me agota. Si estoy cansado o me apetece desconectar, no hay nada como un programa absurdo cargado de discusiones o superficialidad. Hay tiempo para leer, ver buen cine o escuchar música, por tanto debe haber tiempo también para lo contrario. Yo creo que el ser humano tiene una parte absurda que, por qué no, hay que cultivarla un poco aunque sea para desintoxicarse.

Lo malo es que antes en la tv estaba más o menos equilibrado, pero ahora no. En fin, cada vez más canales en la TDT que sólo sirve para gastar más tiempo haciendo zapping... Es un complot de los fabricantes de pilas, para que gastemos el mando...