domingo, 27 de marzo de 2011

Fotos

¿Por qué todo el mundo está tan pendiente de hacer fotos y grabar vídeos? Queremos capturar el momento en el que vivimos para poder evocarlo más tarde, para poder recordar las mismas sensaciones una y otra vez. Pero si estamos pendientes de enfocar la cámara o el móvil, pocas sensaciones podemos tener. Cuando asistimos a algo especial, lo principal debería ser la situación, no cómo capturarla. 

Antes se valoraban más los álbumes de fotos. No se hacían fotos tan frecuentemente como ahora, ni se podían hacer con la misma facilidad. Las fotos tenían algo especial. Recuerdo que de pequeño me sentía ridículo cuando me hacían una foto. Era una situación artificial, porque me obligaban a hacer dos cosas: quedarte quieto y sonreír. Uno no se queda quieto como una estatua en su vida cotidiana, no nos paralizamos cuando vamos del comedor al baño, ni tampoco mantenemos congelada la sonrisa sin motivo en medio de la calle. Además, ¿por qué fingir que somos felices en cada foto? Si realmente lo que queremos es capturar la vida o un instante de ella, si tan realistas somos, ¿por qué no capturar la tristeza, la soledad, la imperfección, el aburrimiento? 

La cámara fotográfica perfecta debería ser aquella que capta un momento al azar, inesperadamente, sin preparaciones, ni filtros que embellezcan. Odio las fotos teatrales, los efectos exagerados para amoldar la realidad a nuestro gusto. Odio los encuadres perfectos, las líneas rectas, las simetrías. Son hermosamente frías, aburridas.

¿Por qué es mejor encuadrar bien? ¿Porque se captan más cosas? ¿Porque podré evocar más recuerdos? ¿Acaso nuestros ojos encuadran bien a cada instante? Más bien al contrario.

La cámara fotográfica perfecta debería ser capaz de almacenar el frío que sentíamos cuando hicimos determinada foto, o lo que pasaba por mi mente cuando apreté el botón de disparo. La cámara fotográfica perfecta debería hacer fotos de nuestra vida sin que nos diéramos cuenta. Debería ser una especie de detective privado que, en nuestra vejez, nos visitara, ataviado con una gabardina, y nos diera un sobre con no más de cien fotos de instantes aleatorios de nuestra vida. Seguro que esas fotos tendrían muchísimo más valor que las que tomamos conscientemente, porque no están preparadas, porque no sabemos nada de ellas.

Y toda esa gente -entre los que me incluyo- ¿realmente más tarde mira a menudo las fotos? Les debe faltar tiempo, si tantas fotos hacen. Es una especie de Diógenes de la imagen: lo importante es almacenar fotos, cuantas más mejor, da igual la utilidad que tengan. Hagamos una foto porque hay que hacerla, porque todo el mundo la hace, porque quiero que todos vean lo feliz que soy, porque quiero recordar esta misma alegría hueca dentro de un tiempo.

¿Y qué si no recordamos con todo detalle las cosas? Aunque ahora que lo pienso, ¿qué es este blog sino una foto hecha con letras? Pues nada, se acabó la foto. ¡Fuera quietud, fuera sonrisa! Posa como quieras, o mejor no poses. Pasa de largo, y recuérdame o no.

martes, 1 de marzo de 2011

Las Tres Gracias

Pasa el tiempo y uno siente que lo mejor de sí mismo cuando era adolescente todavía lo conserva, exactamente igual, pero sepultado por capas y capas de experiencias que no han hecho sino que nos reafirmemos... 

Y lo peor de sí mismo todavía está ahí, y no sólo eso, sino que coincide precisamente con lo mejor, y esa coincidencia a veces nos produce un terror paralizante, que curiosamente a su vez es similar a un miedo infantil... pero otras veces da una increíble seguridad, que apacigua y reconforta... es como mirar al mar, a veces te asusta, a veces te calma...

El mar... siempre el mar... ¿Por qué? Porque en días como éste y en noches como aquella, uno quisiera sumergirse, ser sepultado por el agua, y que una sirena de largos cabellos le abrazara, y suplicarle con la mirada: "Llévame contigo hasta lo más hondo, lejos de la superficie, donde nadie me pueda alcanzar... dame sólo tu abrazo, que el agua invada mis entrañas y me impida respirar, y que no sepas si aprieto con mis dedos tu espalda porque te quiero, porque te suplico la vida, o porque me estoy ahogando y entonces me invade la muerte".

Y cuando uno alcanza ese fondo marino, duerme eternamente abrazado a ella... en ese tipo de abrazo, tan necesario, que se produce cuando alguien que te ve te está mirando a ti directamente, no a una imagen de otra persona proyectada en ti, ni -peor aún- a una imagen de sí  mismo proyectada en ti, ni -¡más terrible aún!- a un complemento de sí mismo, una fría y mecánica pieza (externa) necesaria para sentirse mejor (internamente). 

Escribo estas líneas junto a un espejo. De vez en cuando me miro en él,  y contemplo mi mirada, fría e inquisidora. Enfrente mío está el papel, que es otra suerte de espejo, y detrás mío, mi propia sombra, el antiespejo. Somos cuatro: mi reflejo, mi espíritu, mi sombra, yo.... los tres primeros alrededor mío... y pese a ser cuatro, la imagen mental que tengo de esta escena, la pintura que sin pedirla ni invocarla ha venido a mi mente, colándose rapidísimamente, es la de las Tres Gracias que aparecen danzando en "La Primavera", de Botticelli...


Las Tres Gracias…en perfecto círculo, en equilibrado contraste... una pareja de manos alzada por encima de sus cabezas, como brindando con un néctar invisible…otra pareja de manos bajada tras sus espaldas, como apartando o desechando el pasado... y una tercera entre las dos, balanceando las posiciones… miradas elevadas, miradas tensas, miradas perdidas... ¿celebran algo o se protegen de algún peligro? ¿Danzan alegres  o se pelean furiosas? 

Servidoras de Venus, las Tres Gracias, dedicadas a una graciosa danza, están representadas como tres jóvenes casi desnudas y luciendo peinados elaborados diversos. El cabello suelto sólo podían llevarlo las jóvenes solteras. Se las ha llamado Gracias porque de esa forma, danzando en corro, se las representó en el arte grecorromano. Como otros de los personajes del cuadro, las Gracias parecen ser retratos de personas existentes en la época y conocidas del pintor: por ejemplo, la Gracia de la derecha es Caterina Sforza, que Botticelli retrató como Santa Catalina de Alejandría (siempre de perfil) en el cuadro conservado en el Museo Lindenau de Altenburg (Alemania). La del medio debe ser Semiramide Appiani, mujer de Lorenzo il Popolano, el cual a su vez estaría representado como Mercurio, hacia el que mira Semiramide. La de la izquierda sería Simonetta Vespucci, prototipo de belleza botticelliana.

La hipótesis más acreditada referente a las tres jóvenes que bailan es que la de la izquierda, de cabellos rebeldes, es la Voluptuosidad (Voluptas), la central, de mirada melancólica y de actitud introvertida, es la Castidad (Castitas), y la de la derecha, con un collar que sostiene un elegante y precioso colgante, y un velo sutil que le cubre los cabellos, es la Belleza (Pulchritudo).

Pero ellas eran tres, y aquí somos cuatro... ¿quién sobra, pues? ¿Sobra el reflejo de uno mismo, nuestra proyección, la imagen que los demás tienen de uno? ¿Sobra el espíritu, el arma más valiosa, el verdadero ser, que curiosamente siempre acaba uno encontrándolo jugando fuera de uno mismo? ¿Sobra la sombra, el extraño motor de la vida, esa parte oscura de la que uno huye sin parar, y que sin embargo muchas veces nos hace reaccionar y no nos deja consumirnos? ¿Sobra uno mismo? A lo mejor hay un cuarto personaje en medio del corro, invisible, y ese cuarto elemento es precisamente uno mismo... ¿Bailan alrededor de uno o le encierran en el círculo? ¿Le atacan o le están protegiendo? ¿Estrechan el círculo o lo amplían? 

Sigo leyendo acerca del cuadro...

En los siglos XVII y XVIII se le llamó "El jardín de las Hespérides", creyendo que se representaba dicho lugar, con la manzana de oro, y pudiendo ser las tres jóvenes que bailan las hijas del gigante Atlas, que vigila el jardín... Otras interpretaciones identifican la figura de la ropa florida como Florentia, nombre clásico de la ciudad de Florencia. En este caso, también las otras figuras serían ciudades ligadas de forma diversa a Florencia, como Milán (Mercurio),  Roma (Cupido), Pisa, Nápoles y Génova (las tres Gracias), Venecia y Bolzano (Cloris y Céfiro/Bóreas)... Si por lo tanto Florencia fuera realmente Venus, el personaje de la ropa floreada sería entonces Mayo y representaría a Mantua.

Miro sus manos, la grácil forma de sus brazos, la silueta de las tres figuras entrelazadas... Trazo una línea con mi dedo, recorriendo esas manos y esos brazos unidos unos con otros... Pisa, Nápoles y Génova... vuelvo a recorrer esa forma sin inicio ni final una y otra vez... Voluptas, Castitas y Pulchritudo... esa silueta me resulta familiar... Caterina, Semiramide y Simonetta… esa forma es una letra.... contemplo el resto de la pintura... miro los brazos de las otras figuras...sus expresivos movimientos... sus misteriosas posiciones.... cierro los ojos y visualizo en mi mente sólo las partes de sus cuerpos que se mueven... y entonces empiezo a entender el mensaje....


Skyros.... Esciros... isla griega... una de las Espóradas... donde se halla uno de los diecinueve montes llamados Olimpo que hay repartidos por toda Grecia...

Según la mitología, Skyros fue el refugio de Aquiles, héroe de Troya, cuya madre, Tetis, lo escondió allí vestido de mujer entre las hijas del rey Licomedes, para evitar su marcha a Troya. Se dice también que en este lugar murió el rey de Atenas, Teseo. Skyros en su mitad se convierte en un estrecho istmo que divide la isla en dos, la norte, más poblada y frondosa, y la sur, montañosa y árida. Destaca por la arquitectura tradicional, su rica tradición folklórica y la gran alternancia de paisajes, de grandes playas arenosas, rocas escarpadas, calas pintorescas, cuevas marinas con aguas cristalinas, una naturaleza exuberante y localidades históricas.

Quizá todos somos como Skyros, mitad alegres, mitad tristes… Siempre rodeados por los brazos del mar… Y sobre la arena bailan las Tres Gracias entrelazadas, más una cuarta figura invisible, pero tan real como las demás... quizá el cuarto es uno mismo escapándose del abrazo de esa sirena que nos ayuda a morir para estar vivos, y nos empuja en el último momento hacia la superficie, para aparecer desnudo junto a las costas de Skyros…

El miedo a veces nos asusta simplemente por su posibilidad, o por tendencia, no porque suceda algo real. Es en esos casos cuando se actúa con una fuerza especial, por prevención, para que algo imaginado no suceda, porque está en nuestras manos evitarlo. Es necesario compensar la siempre vaga y lejana idea de la muerte con el nunca suficientemente valorado hecho de estar vivos. Y es la incertidumbre y la confusión quienes precisamente aportan, al menos inicialmente, más claridad, más firmeza en la acción, el valor de respirar una y otra vez automáticamente, durante siglos si es preciso. 

El miedo es un espejo, un espíritu y una sombra, todo a la vez, que nos envuelve en su narcótico baile y nos transporta a una lejana isla perdida, de la que únicamente podremos escapar con la ayuda de una misteriosa sirena... 


jueves, 24 de febrero de 2011

Ensoñación


En la calle Aristide Briand, esquina con Camot, se encuentra el Café de Batignolles, con una decoración reciente, sin embargo mantiene cierto sabor tradicional, cierto buque, que le dota de una ambientación agradable, en cuanto a entorno, y también a lo que llamaríamos atmósfera. El suelo de tarima, los cristales acidados y esa sempiterna niebla parisina, fina y delgada son el complemento por el que el Batignolles puede ser la resultante de lo evocador y lo genuinamente parisino. Esa mañana sin ser muy diferente si tenía cierto aire especial, sería el compás de la tarima cuando dos son los componentes, el cuero de los zapatos y el taco de goma de las muletas; café y dos tostadas, el camarero no se llamaba Bertrán, se llama Karín, eso me gusta mucho de la laica Francia, eso y que el día de nochevieja el metro sea gratis toda la noche hasta el midi del día uno. Cierto grado de humedad, el ronroneo de las conversaciones en las distintas mesas con el repicar de las cucharillas, o tal vez el no pertenecer a este horario, el no ajustar ese maldito reloj de arena que tiene que marcar almuerzos a las doce y cenas a las siete, pero había un aire especial. Juliette se retrasa, habrá perdido el metro de las 8.40, tampoco es una novedad, ayer casi no llegamos a la filmoteque y se supone que yo soy el lento, pero todo lo suple con el encanto de sus grandes ojos azules, y sobre todo, esa mezcla espontánea de las dos partes del Pirineo, aunque confieso que ese culto a la impuntualidad me molesta, no pienso decirle nada –si no es estrictamente necesario – por lo demás es encantadora.

No hay mucha gente en el Batignolles, pero si la suficiente para que la banda sonora de todas las conversaciones, sirva de un acompañamiento en absoluto estridente, más al contrario, agradable, debo concluir que me gusta.
 Karin no tiene los ojos grandes (el también es resultado de dos mezclas interesantes), pero salvo una piel brillante, nada más destaca en apariencia, tiene una sonrisa muy agradable y es atento, eso es de agradecer, puntualmente pone el café sobre la mesa y las tostadas. El pan francés es adorable, tiene ese punto de sabor, ese crujir en tu boca, que te hace afrontar el día con buen humor, no hablemos de la mantequilla he recuperado viejas costumbres, no me he resistido a dividir la pequeña porción en cuatro partes, primero una, cuando se termine, las demás – he de advertir a Juliette- su retraso empieza a ser considerable.



Con el paso de los minutos, algo me devuelve a la noche anterior, es un titular de Le Monde, Parisiens peu de sommeil (Los parisinos duermen poco), intento analizar las razones. ¡Que novedad!, yo analizándolo todo, me doy cuenta que duermo bien, que duermo cuando todo está oscuro, pero que soy adicto a la ensoñación, quizás a un sueño concreto. Ese sueño que suele comenzar con un abrazo, que suele continuar con un susurro y que no termina, porque cuando hay una trama felina, no hay final, es como una circunferencia hermosa, todo retorna a un principio y a mi me da por no analizar nada. En ese plano diferente espero la entrega, la cierta rendición consciente que algunas serán las condiciones, la calidez que cada momento sustenta un lecho de certezas y destruye una pared de conjeturas. Hay otros sueños, me han hablado de ellos incluso he estado alguna vez allí, suelo visitar salones y torres, pero en este hay una llama que al arder torna oscuro todo el perímetro, como custodiando la pasión que allí se enciende, tal vez hace tiempo empecé otro libro y ahora estoy dispuesto a retomar más capítulos, aunque toda ayuda es buena.

El café está buenísimo, he concluido con el minúsculo cuadrado de mantequilla, puedo continuar. Pensando en la noche, no me he dado cuenta que el Batignolles se ha llenado de gente, bueno en realidad son dos  o tres personas más, a simple vista me parecieron muchas. ¡Por fin llega Juliette !. Entramos en el clásico, « que si he perdido el metro de las ocho cuarenta », « que si tenía un zapato con rozaduras », eso y sus grandes ojos azules.

¿Te gustó la película ?,..... sí  mucho, ya sabes que soy un Vampiro con muletas, rindo culto a Nosferatu y al pianista, más al pianista por la parte terrenal....... ¿Qué deseo le pedirías al Vampiro ?.....Creo que volver a bucear, es lo que más me seduce, pero el Vampiro ya ves en que convierte el barco. Yo también era ese barco, pero no se si estos son los astilleros adecuados, pienso que me equivoco no eligiendo el mediterráneo.


¡Me encanta tu camisa!. Confieso que miré a Juliette con cierto desden ; como no le iba a gustar, me la compré con ella y confieso que no era la elección que más me apetecía, pero la ciudad tiene armas poderosas, y hasta que se descubren, pasa el tiempo y te compras una camisa de cuadros malvas y azules, eso si, de Yves Saint-Laurent no es Rabane ni Dior, ni tampoco Adolfo Domínguez. Es Yves Saint-Laurent. Juliette me propuso ir a comer cerca de los jardines de Luxemburgo, en realidad, íbamos a ver una exposición sobre Haussmann a la Escuela de Arquitectura, estaba cerca.

¡ Quiero un sitio tranquilo !, donde podamos hablar sin ruidos, y ya sabes que no me agradan en exceso los italianos, ¡ah ! y luego me gustaría que viéramos la Librería de Mézieres, el otro día fuimos a ver la tienda de alfombras y no nos dio tiempo. Juliette cambió la mirada, sus ojos azules, incluso en un primer destello parecían grises, de  repente cambió el gesto, su reflejo no era ya un gesto de enfado como percibía segundos antes, puso esa cara de gran dama, tan familiar, que me ha acompañado casi toda mi vida y con una firmeza templada se limitó a decir : ¡En ocasiones eres tan versallesco Jorge !

Jorge

miércoles, 23 de febrero de 2011

Oscuridad


Una mañana despertarás con una extraña sensación. 

Descubrirás que tu cama se mueve, se balancea ligeramente. Al principio te marearás, te sentirás desorientado. Abrirás los ojos para descubrir la oscuridad. No te asustará, por supuesto. No sólo estarás desde hace siglos acostumbrado a ella, sino que a ti te gustará, te reconfortará, porque de la oscuridad nace todo. La oscuridad no es un sumidero, porque la oscuridad representa cualquier cosa. La luz ciega, hace daño, mientras que la oscuridad te envuelve... pero sólo si ella quiere, tú no mandas sobre ella, es ella la que decide. Y si ella te rodea, nunca lo hace de manera agresiva, siempre lo hace seduciendo sutilmente. La luz dibuja contornos, formas, colores. Su discurso es claro y objetivo, es lo que es, no hay más. La oscuridad es ambigua, llena de interpretaciones, de sabores, de recuerdos. Los que tú quieras.

La luz es el cuadro. La oscuridad es el lienzo.

No podemos cambiar lo que vemos, pero sí que podemos cambiar lo que todavía no vemos. O al menos intentarlo. A veces pienso que la palabra intento debería ser, en determinados contextos, sinónimo de imaginación. O de ilusión. O de amor.

La oscuridad es una niebla con personalidad propia. Y tú entonces serás como el ciego, que se siente seguro en la oscuridad, porque se acostumbrará a ella, porque no le quedará más remedio, y hasta le sacará partido. Aunque en tu caso no será por obligación, sino por una mezcla de juego y consentimiento. Ya me contarás otro día qué pacto hiciste con (o contra) la oscuridad.

Entonces, todavía tumbado en tu extraña cama, extenderás la mano hacia ella, hacia la oscuridad. Te gustaría acariciarla despacio, pero no lo conseguirás. Porque en cuanto muevas tu mano hacia el techo, chocará contra algo extraño, frío y duro, que en principio no reconocerás. Lo palparás, tendrá el rotundo tacto de la madera, sonará como la madera, olerá a madera. Pensarás que estás encerrado en una especie de ataúd, empujarás asustado la tapa con fuerza y algo de rabia (tú y tu inconformismo), verás que te cuesta abrirla, pero notarás que poco a poco cede lentamente, y que cuando lo logres, de repente un poderoso rayo de luz te cegará...

Porque no estarás en un ataúd, ni habrá tapa alguna que levantar. Será un armario. Estarás en el mismo armario en el que se guardan todos los recuerdos de tu infancia. Un armario que estará flotando abandonado sobre el mar. Fue el balanceo de las olas tu despertador. Y será la puerta del armario la que habrás abierto golpeando al mar con un sonoro chapoteo, muy parecido al de una bofetada. 

Sí, tú flotarás en tu armario sobre el mar. Flotarás como tu mano. Porque será tu mano la que flote, no la mía. Apoyado en el armario, la dejarás caer sobre el mar, pero no toda ella, sólo los dedos. Las olas subirán y bajaran muy levemente durante horas, el mar estará calmadísimo, te lo garantizo, y apenas notarás las variaciones del nivel del agua en tus dedos, pero ahí estarán, créeme. 

Y eso a ti siempre te ha gustado, estoy seguro.

Entonces mirarás al horizonte, cerrarás los ojos para recuperar la oscuridad y te dejarás llevar, navegando en tu armario sobre el infinito. 

Y sin saber por qué, serás feliz cuando llegue la noche. Porque los colores previos del ocaso son majestuosos, soberbios, continuamente dicen "estoy aquí". Pero luego llegará la noche, y la luna se burlará de los colores del día. Porque lo que prometía ser eterno desaparecerá en un instante. Y porque, ¿acaso no tendrá más valor una pequeña fuente de luz en medio de la negrura, que otra inmensa gobernando los cielos durante el día? Verás. Verás como en unos minutos la sangre del ocaso, que juró quedarse para siempre sobre el cielo, se habrá esfumado. Porque habrá llegado ella: la noche, la oscuridad, la negrura. La verdadera Emperatriz del cielo. 

De ese cielo que tanto amas. 

De ese mismo cielo... que yo también amo.

Lo reconozco.



lunes, 7 de febrero de 2011

Delirio


No me gusta viajar porque me da miedo que todo lo que conozco haya desaparecido al volver. La solución sería viajar eternamente, no volver nunca (o quizá sería precisamente un eterno retorno), pero yo ya tengo raíces echadas, la mayoría de ellas sin querer, y como animal racional-pasional que soy, no puedo deshacerme de las raíces aunque quiera. Soy muchas cosas, pero no un árbol andante.

Prefiero descubrir los detalles de lo que tengo cerca. Siempre hay otro detalle nuevo, a veces la rutina -palabra denostadísima y prostituida hasta la saciedad- es esa flor que sostiene el enamorado, deshojándola para saber si su amada le quiere o no le quiere, solo que con la rutina pasa que hay infinitos pétalos y nunca sabes la respuesta, y eso no sé si es bueno, pero a veces es entretenido no tener la certeza de algo. Ése es justo el problema, que la gente confunde "rutina" con "certeza".

Mucha gente que viaja no conoce lo más próximo, es más, muchos presuntos viajeros ni siquiera se conocen a sí mismos. Y al fin y al cabo el alma es algo de lo que no nos podemos alejar, por mucho que viajemos. No obstante, viajar te da una valiosísima visión general de las cosas, eso es cierto, aunque mi método es más bien ir de lo particular a lo general (aún estoy en la primera fase), mientras que otros optan por ir de lo general a lo particular (¡ya verán la que les espera, ya!).

Cuenta la leyenda (mentira, lo cuento yo, pero queda más prosaico) que existe un palacio de alabastro construido en la cima de una montaña en algún lugar del mundo. Está situado en una isla en medio del Océano, en algún lugar entre el archipiélago europeo-asiático-africano y esa enorme isla llamada América. O no. El caso es que sólo puede ser visitado en sueños, pues únicamente puede entrarse en dicho palacio cuando uno no desea hacerlo, cuando se le ha olvidado cómo llegar, y de sobra es sabido que olvidar -como amar- es algo totalmente involuntario. Por algo será.

Una vez llegas allí, te recibe la Guardiana. Es una mujer anciana que te abre cada una de las estancias del palacio si lo deseas, o al menos eso creo, porque nunca le he dicho que lo haga. Lo sé porque de su cintura cuelga un llavero que tintinea rítmicamente a cada paso que da, y ésa es otra cosa que no entiendo, porque cuando ella camina, no se mueven sus piernas. Su falda es tan larga que no se le ven los pies, y sin embargo nunca he visto que se la pise. Ella se limita a deslizarse, pero qué más da eso ahora...

El caso es que en el palacio hay una torre, y desde la cima de la torre pueden verse a la vez todos los amaneceres y atardeceres que quieras. De pequeño, cuando iba allí, miraba ansioso al horizonte y luego corría al otro extremo de la torre para asomarme al otro lado, porque pensaba que cuando el sol se escondía, aparecía al instante por el otro lado del mundo. Sí, yo era de esos niños que ninguneaba la luna, quizá por eso ahora la venero, aunque ella siempre haga como si le diera igual, y por eso me gusta tanto. Al Sol hay que serle fiel, a la Luna hay que amarla. Es diferente.

Cuentra otra leyenda (lo sé, no he acabado la primera, pero ya veréis, de momento dejadme hablar), que en una calle de París, en algún lugar entre las calles Anatole France y Voltaire, vive el Mensajero. Tú hablas con él, o le miras, o le escuchas, y parece una persona normal, con sus ojos y sus deseos y sus heridas, pero no lo es. Porque el Mensajero tiene varios relojes de arena internos a los que da vueltas aunque nunca acaben de vaciarse, porque de vez en cuando le sorprendo en ese gesto tan felino de revolverse y morderte en mitad de una caricia, porque es elegante hablando hasta el punto de aturdir (elegante en el sentido de tener estilo propio y muy bien definido), pero sobre todo porque, sabedor de su bagaje, a él, en cierto modo, no le hace falta viajar. Le pasa como a mí.

Coincidimos hace poco -nada- en una velada en el palacio. Me sorprendió verle en la azotea de la torre.

"¿Qué haces aquí?", le pregunté.

"Nada, o esperarte. Es lo mismo", dijo.

La Guardiana, que me había conducido hasta la azotea, agachó entonces la cabeza y comprendió que queríamos estar solos. Se limitó a desplazarse (emplear la palabra "andar" sería abusar del verbo) hacia una mesa cercana y verter en dos vasos -que ni siquiera llegamos a tocar- el contenido de un frasco de cristal. Dejo en vuestra mente adivinar quién cogió qué vaso.



"Deseo tanto que llueva", me dijo el Mensajero. "Tanto..."

Le iba a preguntar por qué, pero me pareció tan absurdo, que me limité a mirar donde él miraba, cosa que todos hacemos a menudo, no sé muy bien por qué. Cuando alguien está triste, miramos donde él mira, quizá para comprenderle y compartir su dolor, pero en realidad deberíamos mirarle fijamente, penetrarle con la mirada, hacer que arda su dolor por dentro, como esos intensos rayos de luz que, dirigidos durante un tiempo hacia el mismo punto, provocan, a base de ser plastas y pesados, esa clase de llama que todo lo revoluciona sin el menor rastro de piedad. Así pues, me equivoqué y no le miré a él sino al horizonte, donde justo en ese instante el Sol desaparecía, como cada día, como cada noche.

Entonces pensé que de niño, en esa situación, me habría dado la vuelta al instante y habría corrido en busca del otro Sol. Pero ya no era un niño, y además....

Y además, me di cuenta que aquel había sido el final del último día de la Historia de la Humanidad.



Pierde la vida
su manto azabache
sobre tu alma