sábado, 28 de agosto de 2010
viernes, 30 de julio de 2010
Mind Pump
Cuando uno ve una foto suya (es decir, en la que aparece, no tomada por él), inmediatamente trata de recordar -sin darse cuenta- qué pasó instantes antes de que la foto fuera tomada. Necesitamos de alguna forma contextualizarla, añadirle significado, crear una breve historia alrededor.
El parecido entre la historia que evocamos en nuestra mente y lo que realmente sucedió podrá ser más o menos elevado, pero no es lo importante. De hecho aunque los recuerdos sean falsos, aparecerán en nuestra mente como ciertos.
Se hizo un experimento hace años acerca de esto mismo. A una serie de personas, que se presentaron voluntariamente para el experimento, se les pidieron fotos de su infancia temprana, de una época en la que tenían muy pocos años de edad, de manera que todo lo que sabían sobre lo que aparecía en las fotos se lo había contado sus familiares, y al cabo de unos meses (para que olvidaran los detalles de las fotos), se les citó para que describieran las fotos, mientras las veían delante de un grupo de psicólogos. Lo que ellos no sabían es que algunas de las fotos habían sido manipuladas (el escenario era otro, alguna persona que antes aparecía ya no estaba -o al revés-, o algún detalle había sido cambiado deliberadamente), y curiosamente las personas del experimento, al describir las fotos falsas creaban recuerdos inventados de manera asombrosamente rápida y elaborada, justificando involuntariamente las diferencias, haciendo coherente el contenido de la foto de acuerdo a su lógica mental y a sus recuerdos. Incluso cuando se les preguntaba: "¿qué hacía contigo aquel día este familiar tuyo que aquí aparece?" (y que en realidad nunca estuvo allí), las personas respondían mayoritariamente, sin titubear, con una historia bastante compleja que habían desarrollado en apenas unos breves segundos, conectando recuerdos verdaderos para crear otro falso. Tan sólo unos pocos, muy pocos, detectaron la manipulación de las fotos, y además lo hicieron enseguida. Es decir, o te das cuenta de una mentira "gráfica" enseguida, o la intentas asimilar al instante y la justificas y entonces pasa a ser cierta. Por supuesto al final del experimento se les dijo qué cosas habían sido manipuladas :-)
¿Hasta qué punto todo lo que recordamos es real y pasó de verdad? ¿Y hasta qué punto necesitamos hacer real lo que recordamos, especialmente cuando vemos una foto?
Incluso cuando contemplamos una foto en la que no aparecemos, o nada de lo que aparece tiene relación con nosotros y por tanto no podemos interiorizarla ni evocar ningún recuerdo personal, intentamos imaginarnos una breve historia. Recuerdo una vez, en una tienda de antigüedades, que había un montón de fotos antiguas abandonadas en una caja. No se sabe a quién pertenecían. Estaban todas en blanco y negro, e iban acompañadas de unas cartas. Habían pertenecido a un funcionario de correos, que guardaba algunas de las cartas que nadie quería o que eran devueltas, por haber escrito mal la dirección, por algún cambio de domicilio o cualquier otro motivo. Eran cartas, fotos, postales, que nunca llegaron a su destino, hace más de 50 años, y era curioso contemplar las fotos (no me dio tiempo a leer ninguna carta, aunque sí que recuerdo el papel quebradizo y amarillento, la letra historiada en ocasiones, ininteligible en otras, y el aroma a papel viejo y gastado). Eran fotos de comuniones, celebraciones, reuniones familiares, bodas, o simplemente gente pasando el rato. Era curioso ver a todas esas personas a las que faltaba el color y la realidad, mirándome frente a frente, serias o sonriendo, y de alguna forma solicitando que les diera valor, validez, que creara una historia para ellos, historia que no creó la persona a la que iban destinadas, que nunca las vió ni las verá. Eran momentos inmortalizados para nada, y que de alguna forma no sólo habían quedado atrapados en el tiempo, sino también en la imaginación.
De los tres medios que mayoritariamente empleamos para "entretenernos", es decir: leer, ver imágenes y ver películas, obviamente es la lectura la que más nos ayuda a desarrollar la imaginación. Por muy detallada que sea la descripción de un personaje, siempre le añadimos nuestras vivencias, nuestras experiencias y recuerdos en forma de imagen, de manera que hay tantos Quijotes, Aurelios Buendía, o Hamlets como personas lo han leído. Cuando vemos una foto, la imaginación sufre cierto revés. La literatura no alcanza a describirlo todo, de manera que si leemos en un libro la descripción de una mujer pero no nos comentan nada sobre el color de su vestido, cogeremos el que más cómodo nos resulte, o uno cualquiera. En una foto no: el color de su vestido está claro (o al menos su tonalidad, si es en blanco y negro). Nos falta imaginarnos su voz, su manera de andar, de moverse, de gesticular.... detalles que aparecen en una película. Quizá por eso las películas -algunas- sean de fácil y mayoritario consumo hoy en día: son las que menos estimulan la imaginación (¡al menos aparentemente!). La literatura nos permite describir los sentimientos de una manera muchísimo más detallada e interior, cosa que en el cine puede expresarse con una mirada o un gesto, sin que nos digan los personajes "estoy triste, estoy alegre". 200 páginas se pueden resumir en un fotograma, sin que por ello un medio sea superior a otro.
De todas formas, ¿es realmente útil "muscular" la imaginación? ¿Sirve realmente para algo?
Hagamos la prueba:
Una mujer decide prepararse un baño en su casa. Abre los grifos de la bañera, y al salir del baño se detiene unos instantes delante del espejo, y se mira brevemente, sin casi detenerse. Pasado un rato, después de vestirse, busca uno de los dos zapatos que quiere usar (el otro se lo acaba de poner), y tras unos momentos de búsqueda lo encuentra. De repente, se da cuenta de algo importante al escuchar un murmullo de agua procedente del baño: se ha dejado los grifos abiertos... y ni siquiera se ha bañado. Se le olvidó. Momentos después, sale a pasear por la ciudad, y por su mente aparecen pensamientos extraños que la asustan. Camina sin rumbo, sin estar realmente pendiente de lo que le rodea. Su mundo interior poco a poco devora al mundo exterior, y a cada paso que da, siente un extraño miedo. Se rasca la nariz, el pelo, el hombro. Sus manos van y vienen de su cabeza, arañan su piel. Son tímidos intentos de lo que realmente quiere hacer: lo que en realidad desea es arrancarse el cerebro.
Y ahora la peli:
¿Qué os ha parecido? ¿Habíais imaginado más o menos cosas al leer? ¿Qué detalles cambian?
domingo, 4 de julio de 2010
martes, 15 de junio de 2010
Cuentos inconclusos (I)
Cuando uno cierra los ojos para intentar no ver nada, ve la oscuridad, y cuando uno se tapa los oídos para no escuchar nada, lo que hace es escuchar el silencio.
Érase una vez un hombre que había olvidado cómo se sonreía. Rebuscó entre sus recuerdos pero nada de lo que le hizo sonreír en otros tiempos ahora le provocaba el más mínimo atisbo de sonrisa. Buscó la compañía lejana de los niños del parque, observó atentamente sus juegos y cómo se divertían, pero la felicidad espontánea de la niñez no es contagiosa a un adulto, porque madurar en cierto modo significa ser inmune a la ingenuidad. Miró atentamente los programas de humor de la televisión, vio de qué se reía la gente, pero no surtió efecto. Del mismo modo, contempló con detenimiento cada fotograma de las principales comedias clásicas del cine, y aunque los encontró interesantes, nada parecía hacerle el efecto deseado: sonreír.
Tras una mala noche, cabizbajo, se puso a caminar sin rumbo una mañana por la ciudad.
Una brisa traviesa tropezó con él, acariciándole la mejilla.
Y fue ese suave e inesperado cosquilleo el que hizo volver a sonreír al hombre.
miércoles, 19 de mayo de 2010
viernes, 23 de abril de 2010
San Jorge
¡¡¡Felicidades, Jorge!!!
Hoy es tu santo, y como sé que eres un católico ejemplar, y un absoluto fiel y seguidor de todas las tradiciones cristianas, ¡¡¡¡te felicito!!!!
Pero déjame que en lugar de regalarte una rosa y un libro, que es lo típico, te regale en primer lugar un jazmín, porque me gusta cómo huelen. Lo sé, es una flor típicamente femenina, pero me resbala completamente, a mí me trae recuerdos de noches de verano adolescente, de sudor pegajoso y húmedo mezclado con un poniente insoportable que ahora echo de menos -a veces-, de madrugadas solitarias, cuando todos duermen y el relajante cantar de los grillos se mezclaba con el lejano ladrido de algún perro de la urbanización. Y todas las estrellas que no aparecen en el cielo urbano eran perfectamente visibles allí, como si ellas también estuvieran de vacaciones. ¿Dónde van las estrellas cuando no es verano?
Y en lugar de regalarte un libro cualquiera, te doy un libro de esos falsos, huecos, para que dentro metas algo, no sé, una petaquita para echar un trago secreto, algún recuerdo antiguo -aunque no te veo yo muy de guardar diogenéticamente según qué cosas-, algún dibujo recién pintado de los tuyos, o simplemente el vacío, que hoy en día estamos tan saturados de todo, que hasta se agradece un pedazo de insípida Nada para que hagas con ella lo que te dé la real gana. Espero que metas el "libro" entre tus estantes, entre dos libros de título rimbombante a ser posible, para que pase absolutamente desapercibido. Y para que así, alguna de esas miradas que tanto se dan en las bibliotecas, tan promiscuas, saltando de libro en libro, no detecte ese refugio especial y pase de largo, como se pasa de largo ante esos mendigos que tocan música que nadie escucha.
Te imagino desenvolviendo el libro, mirando su título, poniendo cara de "¿por qué cojones testículos me regala este libro a mí?", y tu gesto de sorpresa cuando vieras que el libro está vacío...
Y a lo mejor lo que harías entonces es guardar el jazmín dentro del libro con un poco de tierra de tu jardín privado, hasta que florecieran más y más :-) ¡Qué buena idea! Al fin y al cabo ambos sabemos que de un buen libro siempre surge alguna que otra raíz.
jueves, 22 de abril de 2010
El Templo del Musgo
Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994, el Templo del Musgo (koke dera) es un conjunto de jardines situado en la localidad japonesa de Kioto, antigua capital nipona. Fundado hace más de 1200 años como templo para resguardar las tres imágenes que representaban las divinidades de Amitabha, sufrió una serie de cambios, demoliciones, incendios y transformaciones hasta llegar a nuestros días. Actualmente, de los 21 subtemplos iniciales sólo quedan 3.
Curiosamente, Hosokawa Tadamori, el decimoctavo descendiente del guerrero que obtuvo los terrenos para construir el lugar, fue ministro de Japón desde 1993 hasta 1998. Tras dimitir, decidió alejarse de la política y se convirtió en ceramista para vasijas de la ceremonia del té. Pero no es el único: la familia Hosokawa ha tenido grandes artistas a lo largo de los siglos, desde poetas famosos (Hosokawa Yusai, que además era un gran guerrero) hasta Hosokawa Tadaoki, hijo del anterior y uno de los siete sabios discípulos de Sen no Rikyu, maestro de la ceremonia del té.
Hosokawa Yusai, guerrero y poeta
El lugar en sí consta de dos partes: un estanque con la forma del kanji "kokoro" (corazón), cuyas islas representan la idea budista del paraíso...
...y un templo con su jardín de rocas, de unos 250 metros cuadrados en el que hay 15 rocas dispuestas.
La colocación de las rocas tiene varias interpretaciones, desde una tigresa nadando por un río con sus cachorros, hasta las islas japonesas (empleando la arena como si fuera el agua del mar), pasando por los picos de montañas desconocidas que asoman tímidos por encima de una misteriosa capa de nubes. Se aconseja al visitante ignorar toda posible interpretación de las rocas, incluso no intentar ver formas o significados en ellas, simplemente contemplarlas y dejar el espíritu vacío y limpio.
Precisamente una de las formas de limpieza y purificación es el tsukubai para lavarse las manos situado en el templo.
Desde 1977, debido a la masificación de las visitas, hay partes que no pueden ser visitadas, salvo con un permiso especial que hay que pedir con mucha antelación y que cuesta más de 3000 yenes. Además, al visitarlo es obligatorio no sólo descalzarse, sino realizar una ceremonia budista que incluye rezar diversas oraciones y escribir una plegaria de casi 300 kanjis empleando pincel y tinta, detalle que me ha encantado. Parece que todo lo que hagas en la visita al templo está orientado a relajarse, por si no fuera suficiente con contemplar los hermosos jardines.
El musgo no forma parte del diseño inicial del jardín, sino que ha ido apareciendo con el tiempo, adornando los caminos y paisajes del lugar, conquistando e invadiendo silenciosamente con su encanto, su lentitud y su belleza todos los rincones mientras la lluvia lo alimentaba. Y es precisamente durante la estación lluviosa (junio/julio) cuando se aconseja visitar el jardín, porque es entonces cuando las más de 120 especies diferentes de musgo muestran al visitante todo su esplendor.
Aquí podéis visitar la página web oficial del lugar, con maravillosas fotos, perfectas para evadirse un momento.
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